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Post-itJorge Sanz Casillas

Los hijos no pertenecen a los padres

De aprobarse la nueva ley, podríamos encontrarnos con que un chaval de 15 años y 364 días no podría ver las últimas fotos de Sydney Sweeney en Instagram, pero sí llevar una moto a todo trapo por la Gran Vía

España se ha pegado un leñazo en el informe PISA y resulta inevitable acordarse de la persona que dio letra y voz a la última reforma educativa, Isabel Celaá. Esa mujer dejó una ley (la octava en lo que llevamos de democracia) que cronifica los problemas de nuestro sistema docente, pero también una frase que aún resuena en algunas tertulias, como una psicofonía, y que entonces generó cierto debate: «No podemos pensar, de ninguna de las maneras, que los hijos pertenecen a los padres».

Hubo alguno que se lo creyó y abdicó de sus obligaciones paternas, confundiendo la escuela (donde uno va a instruirse, o debería) con el reformatorio (donde a uno le dan los rudimentos básicos para vivir en sociedad). Y así se explican muchas de las conductas contemporáneas, porque hay padres que prefieren no poner límites, pero ¡ay del profesor que le levante la voz a mi niño!

El ser humano moderno lleva pisando la Tierra unos 200.000-300.000 años, según a quien preguntes, pues ninguno estuvo allí para medirlo. Si esos 200.000 años equivalieran a un año bisiesto actual, la vida de un joven que hoy tenga 16 años habría empezado a las 23 horas y 18 minutos del 31 de diciembre. Es decir, somos un parpadeo. Llevamos aquí un ratito y, sin embargo, estamos enfrentando algunos de los cambios más drásticos de la historia de la humanidad. De acuerdo con ese mismo cálculo, Cristóbal Colón llegó a América en la madrugada del 30 al 31 de diciembre y la máquina de vapor se inventó a las 12:34 del día de Nochevieja. De la misma forma, el ordenador y el teléfono inteligente habrían aparecido a las 21:51 y a las 22:07, respectivamente, con los postres. Todo nos ha venido tan de repente que muchos no lo han digerido. Y, ante ese aluvión de modernidad, hay quien ha cedido al Estado cuestiones que deberían hablarse en casa.

Porque anda el Gobierno pidiendo apoyos para aumentar a 16 años la edad mínima para tener redes sociales, a las que responsabiliza del deterioro de nuestra comprensión lectora y del batacazo en el informe PISA –como si en Irlanda o Estonia, donde nos golean, no tuvieran Wi-Fi–.

Y es verdad que existe consenso en torno al peligro de que un chico de diez u once años se exponga a Instagram y TikTok, cuyo scroll infinito ejerce una fuerza similar a la de las tragaperras en los ludópatas. Sin embargo, estas cosas nos confirman lo difícil que es trazar la frontera de la madurez y las contradicciones que esto genera, sobre todo si se delega en la política. De aprobarse la nueva ley, podríamos encontrarnos con que un chaval de 15 años y 364 días no podría ver las últimas fotos de Sydney Sweeney en Instagram, pero sí llevar una moto a todo trapo por la Gran Vía. O que una chica de 15 años y 364 días no podría entrar en TikTok, pero sí presentarse al día siguiente (con 16 años recién cumplidos) en una clínica para abortar o cambiar de sexo sin recabar el permiso paterno.

El Estado ha ocupado ávidamente aquellas parcelas de la vida donde antes había un adulto para educar y poner barreras. Al final va a ser verdad lo que dijo Celaá. Y que los hijos no pertenecen a los padres.