Legión, 101 años
En septiembre de 1993, en Ronda, recibí emocionado el nombramiento y título de 'Legionario de Honor'. Y he intentado ser digno de esa excepcional condición. Pero todavía no me he atrevido a clavarme en el pecho las banderitas de la Cruz Roja
Llevo en mi alma a la Legión desde niño. El general Millán-Astray fue el impulsor de la placa que en el número 57 de la calle de Velázquez honra la memoria de mi abuelo materno, don Pedro Muñoz-Seca, asesinado en Paracuellos del Jarama el 28 de noviembre de 1936 por el Frente Popular y por orden y capricho de Santiago Carrillo y García Atadell. Un capricho que llenó el Camposanto de héroes, pues allí descansan, como poco, más de 6.000 españoles fusilados por el odio social-comunista, casi un centenar de menores entre ellos.
En los primeros años del franquismo, el Teatro de Muñoz-Seca estuvo tan limitado por la censura como en la Segunda República. Don Pedro era monárquico, y excesivamente liberal para aquellos tiempos. Millán-Astray abrió con 10 pesetas la suscripción pública para financiar la gran placa de bronce que hoy recuerda que de allí partió hacia Barcelona a estrenar una comedia, que en Barcelona fue detenido, que vía Valencia fue llevado hasta Madrid, y que en Madrid fue encarcelado en la checa de San Antón hasta su sacrificio.
Ese acto ayudó a crear una profunda amistad entre mis padres y el fundador de la Legión. Una o dos veces por semana, el general se presentaba en la casa de mis padres a tomar café, siempre acompañado de tres jóvenes oficiales legionarios que Millán-Astray quería casar con las tres hermanas solteras de mi madre, Rosario, Milagros y Rocío. No consiguió vencer en ninguno de los tres objetivos. En mi despacho, junto a un banderín con la bandera de España y el símbolo legionario bordado sobre la franja dorada y el casco de guerra de mi padre, Luis de Ussía, que al finalizar la contienda era capitán con apenas 24 años, destaca un retrato fotográfico que le dedicó el general fundador: «A Luis de Ussía. A tu patriotismo y nobleza. Recuerdo de este grato día. Te abraza con cariño y admiración. Pepe Millán-Astray». Oro en paño.
Otra imagen tengo grabada desde mi primera juventud. En el bulevar de la calle de Velázquez, a la altura de mi casa, en una mañana de primavera madrileña, tomaba con mis padres un aperitivo en la terrraza que había instalado la taberna «La Ancha». Era el Día de la Cruz Roja, y unas chicas muy guapas pedían a los transeúntes un donativo. Pasaron por ahí tres legionarios, con sus chapiris, su camisa abierta y su alegría habitual. Los tres metieron en la hucha sus donativos, y cuando las chicas se disponían a prender de sus solapas la banderita de la Cruz Roja, se encontraron que no había solapa en sus uniformes abiertos. Y un legionario tomó la iniciativa. –Clavámela aquí–, dijo señalando su pecho al descubierto. –No me atrevo–, protestó ella. –Pues lo hago yo–. Y el legionario se clavó la banderita en el pecho, y un hilo de sangre corrió hacia abajo. Sus dos compañeros lo imitaron. Y de aquella terraza salieron los tres legionarios con las banderitas clavadas en sus cuerpos, mientras la clientela rompía en una unánime ovación. –¡Qué brutos!- exclamó una de las chicas de la Cruz Roja. –Nada de brutos. Legionarios–, comentó un camarero. Ellos se volvieron, saludaron militarmente, y con tres banderillas clavadas siguieron a su paso, como si nada.
Se trata de una anécdota menor, que dice mucho del llamado espíritu legionario. Más de cien años de valor y el valor de cien años. Hoy, la Legión, no sólo reúne la admiración y la gratitud de los españoles. En sus muchas misiones en el exterior, se ha ganado el respeto y el prestigio de todos los ejércitos aliados. Y en las paradas militares, en los desfiles, los legionarios reciben siempre una ovación especial a su paso. Lo único que sobra en la Legión es la cabra. No me gusta la cabra. Antaño, la mascota era un jabalí.
En septiembre de 1993, en Ronda, recibí emocionado el nombramiento y título de 'Legionario de Honor'. Y he intentado ser digno de esa excepcional condición. Pero todavía no me he atrevido a clavarme en el pecho las banderitas de la Cruz Roja.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 21 de septiembre de 2021