Los nietos de Overton
Me alegra muchísimo pensar que unas garantías electorales que yo daba por supuestas puedan resultar reforzadas gracias a una batalla que ni di ni creí. Pero me pareció de perlas que otros la dieran
Recuerdo bien –no fue hace tanto– cuando quienes advertían de la posibilidad de que Pedro Sánchez se estuviese cocinando un pucherazo con la ley de nietos y las altas en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (el CERA) eran un puñado de fervientes. Insistían con oportunidad y sin ella, y sin demasiado eco entre los demás. Yo no puedo presumir de profeta. Cuando me lo contaban –lo hicieron bastantes veces– ponía cara de preocupación, pero no me preocupaba. Confiaba en el sistema electoral. No le dediqué al asunto ni un artículo, como consta (o, mejor dicho, como no consta) en la hemeroteca.
¿Vengo aquí a dejarme mal? Esta vez no, o no voluntariamente. Vengo, haciendo gala de mi optimismo antropológico, a ponerme de ejemplo. Nada menos. ¿De qué, eh, de qué? Pues de algo tan sencillo como no pisar la manguera a los otros bomberos. Yo estaba entonces dedicado a denunciar otras fechorías de Sánchez. Había, hay y habrá, desde luego, dónde escoger. Les dedicaba a ésas mis artículos más mordientes y no daba cera al CERA, pero tampoco me distraía criticando a quienes estaban ocupados con la ley de nietos.
Algo tendrá que ver la buena educación, ese ángel protector –decía el príncipe de Lampedusa– de los muchachos de buena familia. ¿Cuántas tonterías, imprudencias e indelicadezas hemos dejado de hacer en la vida solamente gracias a las buenas maneras? Desdeñar los esfuerzos y las inquietudes ajenas es una grosería imperdonable. Pero sobre todo había un convencimiento de fondo: cada cual ha de seguir su empresa.
La imagen perfecta está en la Queste del Saint Graal: los caballeros entran en el bosque, cada uno por donde él lo ve más espeso. Ese espíritu libertario alienta en todo el ciclo artúrico y llega hasta el Quijote: lo suyo es encontrarse, reconocerse, saludarse, charlar un rato, encomendarse a Dios y separarse. Cada uno sigue su estrella. En la Crónica de Tablante de Ricamonte y de Jofré se dice expresamente que dos caballeros «se debían partir cada uno a su aventura».
En la oposición a Sánchez, en cambio, ha habido infinidad de pisotones de manguera, algunos suicidas. Demasiado mirar de reojo y criticar con enojo al que no hace exactamente lo que yo, milimétricamente del mismo modo y con idéntico tono. ¡Cuánto tiempo perdido en criticar a los demás! Se malgastan las fuerzas que uno debería emplear en adentrarse por lo más espeso y, de paso, se desanima al otro en lo suyo; o, por lo menos, se le distrae y se le obliga a la legítima defensa. El dichoso fuego amigo quema más que ningún otro y no calienta nada. Además, quien libra una batalla que no es la nuestra desplaza la ventana de Overton y nos permite decir con más calma lo que a nosotros nos importa.
Lo ocurrido con la ley de nietos debería servirnos de advertencia. Aquellos que empezaron casi solos han conseguido que una cuestión que muchos considerábamos remota llegue hasta el Tribunal Supremo. Y el Supremo ha apreciado un «peligro fundado, real y serio» hasta el punto de suspender cautelarmente las altas electorales.
La reacción política posterior de un Gobierno desatado –Óscar López ha llamado a la decisión del Supremo «una salvajada y un atropello democrático» y Félix Bolaños ha llegado a acusarlo de «alterar» el censo– nos confirma, además, hasta qué punto le han quitado un comodín electoral. Pase lo que pase finalmente en los tribunales o en las Cortes, ya se ha conseguido algo felizmente irreversible: que las altas en ese censo, sus requisitos y sus garantías estén bajo escrutinio público y judicial. Tanta claridad, que puede salvarnos a todos, se la debemos a muy pocos.
Me alegra muchísimo pensar que unas garantías electorales que yo daba por supuestas puedan resultar reforzadas gracias a una batalla que ni di ni creí. Pero me pareció de perlas que otros la dieran. Periodistas de esta casa como Isabel Durán, y quienes sostuvieron los recursos de Vox e Iustitia Europa, hicieron su aventura, por fortuna para España. Muchísimas gracias.