Vivas frente a la empatía de una ameba
Él sabe muy bien que un presidente tiene derecho, incluso obligación diría, a vacaciones; si él no lo ha hecho en su conciencia queda
Pregúntele a Vivas. Que él responda por qué el Gobierno que aseguró que habían retornado 70.000 de los 74.000 inmigrantes que entraron a darse un baño en Ceuta, sin que se diera cuenta el socio más fiable entre los más fiables que es Marruecos, sigue sin dar salida a esos benéficos señores. Y de paso dígale a Vivas que yo, desde La Mareta, mientras me probaba el último modelo de aletas de buceo, he hecho mucho más por esa ciudad que él. Por eso no entiendo por qué le aclaman allí por donde va. Sí, yo soy más joven, guapo y alto. Y además tengo un ministro del Interior que es un portento, promete quedarse para resolver la crisis y en unas horas, cuando todavía no se conocía ni la dimensión del asalto, ya estaba en Madrid. Y pregúntele a Vivas por qué fue tan pesado llamando a Moncloa, a mi director de Gabinete, Diego Rubio, y no se puso él a pie de frontera a rechazar uno a uno a los miles de invasores. Eso es lo que hubiera hecho un buen líder. Él sabe muy bien que un presidente tiene derecho, incluso obligación diría, a vacaciones; si él no lo ha hecho en su conciencia queda. Como a disfrutar de la familia, aunque medio libro de familia esté procesado; es mi derecho, sépanlo. Ya transigí la tarde que me dieron las cinco y no había comido, por culpa de aquella rueda de prensa en la que me preguntaban por gente de la que no había oído ni hablar: Santos Cerdán, José Luis Ábalos, Koldo, Leire… Un presidente está para cosas mucho más importantes. Un presidente como yo no está para pasar lista, si acaso para pasarse de listo.
Yo estoy bien. Ya se lo dije a España cuando un periodista espontáneamente me preguntó por mi estado de salud cuando salí huyendo de Paiporta, y no por el de las víctimas de aquella riada. Pregúntele a Vivas quién tuvo la culpa de aquello: pues Mazón. Por eso dije bien claro a los valencianos que «si necesitan más recursos que los pidan»; yo soy así de desprendido. Lo he demostrado mandando a María Jesús Montero, que es como la niña de mis ojos, a Andalucía y no les he pedido a los andaluces nada a cambio. Otro hubiera reclamado un pago por la donación de esa luminaria con rizos. Pregúntele a Vivas por qué no he conseguido convertirle en otro Mazón a pesar de todo el empeño que pongo. Hasta he puesto un Puente de insultos e improperios. Pero nada de nada, los ceutíes, erre que erre con que le van a votar a él y no a mi delegado del Gobierno, un político de una pieza, como ya no quedan. Hizo las cosas por su orden: primero echó al jefe de Gabinete, como yo hice con Iván Redondo y algún día haré con Diego Rubio, ese que defendió en su tesis la conveniencia ética de engañar en política, y que se fue a Japón mientras los ceutíes sufrían el ataque. Y luego mi delegado se puso a silbar y a mirar al techo. Qué desfachatez esta de los jefes de gabinete. Es el primer mandamiento de mi sanchismo: que caiga el de abajo y el de arriba, a aguantar, que la cosa está muy chunga a pie de calle. Y en Ceuta, más.
Pregúntele a Vivas por qué dije yo aquella inolvidable frase «menuda inventada». Viene este Aldama, que entraba por los Ministerios como Pedro por Moncloa, y fue contando no sé qué cosas sobre mí. Una inventada; un dolo, que diría Begoña; una pasada, que dirían mis hijas. Esas que estudian en chiringuitos privados, contra los que yo legislo. Pregúntele a Vivas cómo es posible que disfrute de un liderazgo que ni por asomo consigo yo cuando he cambiado mis principios para gusto de todos y que la gente me quiera. Por eso dije aquello del insomnio que me generaba pactar con Podemos, o lo de la fiscalía, cuando me preguntaron si traería de las orejas a Puigdemont, o lo de la amnistía que era inconstitucional. Tengo el detalle de desmentirme a mí mismo y resulta que la gente no me lo agradece. Es insólito.
Pregúntele a Vivas por qué pronuncie aquel «abandonen toda esperanza» cuando me inquirieron sobre el adelanto electoral tras un comité federal. Por gente como él, cercano, cariñoso y responsable con el pueblo, no puedo adelantar las elecciones. No vaya a ser que griten Vivas a España y digan en las urnas lo que piensan de un tipo que, como yo, posee la empatía de una ameba.
Pregúntele a Vivas. Seguro que piensa: este Pedro quiere saltar por encima de su sombra, su mala sombra, pero nadie puede, y menos él que, como el Peter Pan que se cree, la lleva cosida a sus talones.