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El precio del litro de gasolina se acerca al de uno del vino del bueno, pese a lo cual todo el mundo protesta en silencio: la última tentativa de reacción masiva y popular, la de los valientes transportistas, fue perseguida y sofocada por el Régimen, con el consabido método de llamarles fascistas en todos sus programas televisivos de cabecera: solo eran autónomos asfixiados, pero les presentaron como peligrosos insurgentes y nuestros «chalecos amarillos» acabaron retirándose. Una lástima.

Los precios han subido con Sánchez un 28%, con picos del 41% en la cesta de la compra, mientras que el poder adquisitivo real de los salarios no llega a un repunte del 5%: hasta un contertulio de TVE tendrá que reconocer que si el coste de la vida sube seis veces más que los ingresos, somos más pobres.

En ese contexto, sin embargo, la recaudación fiscal bate sus marcas históricas: Sánchez es el Usain Bolt del fisco, el más rápido metiéndote la mano en el bolsillo para desplegar a continuación sus trampas de trilero, consistentes en quitarte tres y darte uno para que le votes, lo que funciona solo con quienes no han dado nada.

La clientela electoral de nuestro sheriff de Notthingam, que va de Robin Hood pero es un vulgar confiscador feudal, se limita ya a receptores de pagas, inmigrantes regularizados y nuevos españoles de pega, con alguna gota sentimentaloide que sigue al PSOE como al Betis o al Atleti, porque viene de familia. Y por eso dedica tanto tiempo a fabricarlos, como sea, a la desesperada, ora poniendo un sueldo a la pereza, ora engordando el censo electoral con clenbuterol leguleyo.

Lo cierto es que tenemos el Estado más rico de la historia y la España más pobre de las últimas décadas, que es el escenario perfecto para sátrapas de todos los colores, la mejor manera de comprar a unos y agotar al resto, con una propuesta intervencionista de palo y zanahoria rematada siempre con la búsqueda incesante de un enemigo exterior, por supuesto falso: la Internacional Ultraderechista es para Sánchez lo que Estados Unidos para los Castro o la propia España para los indigenistas con poncho que pululan por Hispanoamérica.

Aquí ha habido manifestaciones por un ligero repunte de la factura eléctrica, pero ahora que todo cuesta el doble y además nos quitan la mitad y no protesta nadie, porque no existe un lugar común desde el que hacerlo: en eso siempre ha sido mejor la izquierda, creadora y mantenedora de organizaciones que no representan realmente a nadie pero técnicamente sí lo hacen para lograr que, cuando les dan la orden, parezca que se movilizan los trabajadores, los sanitarios, los jubilados y si hace falta, los taxidermistas.

La UGT tiene hasta una organización de autónomos que disimula su dependencia y salta a escena cuando los autónomos de verdad se quejan, para acallar su voz y simular una comprensión hacia el gobierno que no existe.

Y ahí vamos al final del asunto. Algún día, el nuevo gobierno tendrá que replantearse el ecosistema público y liberarlo de verdad de los falsos representantes de la sociedad civil en sus múltiples caras: no se trata de comprarse a los sindicatos para que hagan el mismo papelón en nombre de la «paz social», sino de evitar que puedan mantener eternamente esa farsa aunque ahora, temporalmente, le venga bien.

Que el combustible cueste dos euros y la mitad de ese sablazo se lo quede el gobierno para comprarse el voto de quien no necesita coche e insultar a quien no puede trabajar sin él resume el ecosistema sanchista y convoca, sin querer, un nuevo Motín de Esquilache: si la España del siglo XVIII se movilizaba por las subidas de precios, la del siglo XXI no puede asumirlo como si fuera un fenómeno meteorológico inevitable.