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Begoña Gómez ya es culpable, la condene o absuelva el jurado popular que se encargará de dictar sentencia tras una larga instrucción del juez Peinado, respaldada en lo sustantivo por la Audiencia Provincial de Madrid y bombardeada por el presidente, su partido y sus quintacolumnistas a sueldos, con el resultado por todos conocido: además de una presunta delincuente, han logrado que su matrimonio se parezca al de los Kirchner, los Ceaucescu o los Marcos.

Lo cierto es que, sean cuales sean las consecuencias penales, las políticas, éticas y estéticas ya son insalvables: una señora sin estudios superiores medró a «catedrática» cuando su marido llegó a la Presidencia, usó la Moncloa como oficina privada, citó al rector en ella para que le creara un chiringuito, se asoció con empresarios beneficiarios luego de contratos del gobierno y contrató a una amiga, a cargo del erario, para que la ayudara en sus gestiones comerciales.

Además de todo esto, se reunió en Rusia con Víctor de Aldama y el propietario de Air Europa, al que le sacó un patrocinio antes de que su marido rescatara su compañía en tiempo récord y por más dinero del que en principio necesitaba. Estos son los hechos conocidos, sin necesidad de especular sobre otros verosímiles que ahondarían en la infumable sospecha de que la hija de Sabiniano, con el impulso del yerno de Sabiniano, se dedicó desde el minuto uno del asalto monclovita a hacer todos los negocios posibles a su alcance.

Hasta los más conspicuos sanchistas reconocen, con la boca pequeña y el temor a que les regañen, que el comportamiento de la contable de unas sórdidas saunas instaladas incluso en locales de titularidad pública es lamentable. Y con eso debería ser suficiente para que su esposo escondiera la cabeza bajo tierra: en su ámbito, no hace falta que algo sea ilegal para que sea intolerable y tenga consecuencias políticas inmediatas.

Porque Begoña ya es culpable de tomarse el cargo de su marido, ganado con trampas aritméticas y obscenos cambalaches incompatibles con las exigencias morales de una democracia, como una plataforma para lograr lo que la vida y sus limitaciones le habían negado, sirviéndose de su cercanía al poder para medrar, engordar su agenda y mantener relaciones económicas que nunca hubiera conseguido de no dormir en la Moncloa.

Que todo eso le diera pocos o muchos ingresos es irrelevante, como también lo es que un jurado lo considere o no delictivo: ya es impresentable y retrata una manera de entender el servicio público incompatible con los usos democráticos más elementales. ¿Se imagina alguien a la mujer de Rajoy reunida en San Petersburgo con el propietario de una empresa rescatada por su marido? ¿O a la de Aznar citando en la Moncloa a un rector para que le monte una cátedra sin ser licenciada siquiera? ¿O la de Suárez descolgando el teléfono para pedirle dinero a los presidentes de empresas multinacionales de primer rango?

Begoña ya es culpable, pero sobre todo lo es su marido, que debe sentirse muy en deuda para haber tolerado semejante abuso o, simplemente, forma parte de él y su esposa era una especie de testaferro indiscreto de sus propias aspiraciones económicas, algunas de las cuales ya conocemos y otras probablemente siguen siendo desconocidas.

Mientras el Estado de derecho hace su trabajo bajo las bombas de un presidente sepultado por su propia ignominia, la ridícula transformación del PSOE en una secta sanchista al servicio de un líder norcoreano explica por qué, cuando sea derrotado, corra por primera vez peligro de extinción: no hay secta que sobreviva a su gurú, que suele rematar su triste paso por el mundo con un triste suicidio colectivo de sus feligreses.