Fundado en 1910
El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

La izquierda antisemita

El libro llevaba el sobrio título de Reflexiones sobre la cuestión judía. Lo había escrito, en 1954, un autor entonces de moda llamado Jean-Paul Sartre. Aprendí allí algo que cualquier joven izquierdista de final de los sesenta sabía un postulado: que «el antisemita es cualquier cosa menos un hombre»

Asfixiados por el cúmulo de indignidades que nos asfixian estos días en una España corrupta hasta la médula, puede que ni siquiera reparemos en la pequeña anécdota: una escritora judía ha sido excluida del debate literario al cual estaba invitada a participar en Granada. A Ariana Harwictz se le reprocha, no el escribir bien o mal que se supone criterio único para un encuentro literario; se le reprocha no haberse avenido a eso que los organizadores juzgan una evidencia más allá de lo discutible: condenar el «genocidio» de Israel en Gaza. Y, bajo tan retumbante redoble de conciencia, condenar todo aquello que a la autoproclamada «izquierda intelectual» española se le antoje llamar sionista: esto es, aniquilable. Llaman a eso ahora «cancelación». Los que hemos vivido bajo una dictadura conocemos su nombre verdadero: «censura». Bajo su forma más extrema, la más inapelable que haya conocido Europa desde 1945: la reducción a cenizas del «enemigo». Que exige la previa demonización de su escritura como arma satánica.

En el curso del tiempo, todos hemos sido muchos: Esos muchos quedan en nuestra memoria y en el balance inflexible de nuestras responsabilidades. La continuidad –y la gravedad moral– de cada uno de nosotros se atesora en sus renuncias. Que nada cancelan. Porque ni Dios siquiera –enseñaba San Agustín– puede hacer que lo que fue no haya sido. Y sólo la más horrible de las enfermedades –neuronal o bien ética– posee la clave negra del olvido. Pueden ser quemados los libros. No es una novedad. Koestler narra el sosegado estupor de Sigmund Freud ante el relato de las hogueras que, en la primavera vienesa de 1933, fueron alimentadas con sus libros y con los de tantos otros, a los que como a él se juzgó y condenó por «judíos y degenerados». Una muchedumbre ferviente de vieneses ovacionó esa quema.

En mi memoria, igual que en la de todos, me asomo a la constancia de haber sido muchos. Todos los cuales llevaban el mismo código alfanumérico llamado DNI. Y en cada uno de los cuales tomaban vida pensamientos y convicciones diferenciados. Pero no olvido. Aún. Sé –veo a aquel que fui en ese momento– que, como tantos de mi generación, accedí a mis primeras certezas morales y políticas –inequívocamente izquierdistas– leyendo, a los quince años, un librito de apenas doscientas páginas que, en su edición de bolsillo, conservo en mi biblioteca. El libro llevaba el sobrio título de Reflexiones sobre la cuestión judía. Lo había escrito, en 1954, un autor entonces de moda llamado Jean-Paul Sartre. Aprendí allí algo que cualquier joven izquierdista de final de los sesenta sabía un postulado: que «el antisemita es cualquier cosa menos un hombre». Y que la defensa de Israel es la defensa del hombre libre. Y que sólo a un neonazi irredento –esto es, a un aspirante a genocida– se le podía ocurrir pedir la destrucción del único Estado democrático del Cercano Oriente. Y exigir que cuantos judíos allí habitasen fueran arrojados al mar.

Ya, ya sé que el viejo Sartre no está de moda. Pero, ¿qué quieren que les diga? A mí las modas me han traído siempre al fresco. Prueben sus detractores a escribir las 692 páginas de El Ser y la nada, o las apenas doscientas de Las palabras. Y luego hablamos. O –más sencillo– relean aquel ensayo sobre el antisemitismo que es el mejor retrato de los canallas de entonces. Y de los de ahora.

Jakobson –maestro absoluta de la lingüística contemporánea– nos enseñó la nulidad de las metáforas cuando son sacadas de su lugar propio: la poesía. Y el riesgo de imbecilidad que ese desplazamiento impone. No hay vacío jamás en el lenguaje. Las palabras no son espejo de la realidad. Son fábricas del sujeto que las pronuncia y que por sus reglas de enunciación es cincelado. Las palabras, por cierto, da título al último y más bello libro de Sartre: la historia íntima de cómo lo leído construye al niño que un día habrá de responder de cada una de sus decisiones.

Metáforas. En el año 1990 publiqué un libro –Desde la incertidumbre– en el que trataba de describir lo elemental: la estafa que opera en el uso anacrónico de la metáfora «izquierda / derecha». ¿Qué inventa esa metáfora? Porque es una metáfora. Fechada. Verano de 1789: recuento rápido de la votación acerca del veto real en la Asamblea Constituyente francesa. Metáfora menor que da retrato de la distribución de los votantes en la sala y que, en aquellos años, era mucho menos habitual que la de «llanura / montaña», para designar la topografía de los bancos asamblearios.

Mediado el siglo XIX, la metáfora se impuso. Primero, para designar a los adeptos a la concepción «progresista» de la historia de matriz hegeliana. Jacques D’Hondt, en su Hegel secreto, ha hecho una disección altamente erudita de aquellos usos. A decir verdad el «progresismo histórico» estaba conceptualmente muerto y enterrado desde las lecciones que dicta Schelling en el Erlangen de 1821. De las cuales, por cierto, está a punto de aparecer este otoño –¡al fin!– la edición crítica en español. Pero no va uno a pedirle a los políticos que se lean esas cosas. Para ellos, el oxímoron «izquierda antisemita» es pleonasmo.

Quienes sigan repitiendo la metáfora deben saber que lo hacen como siervos. De lo más perverso. De una lengua que les ha sido impuesta. De un sistema de metáforas cuya caducidad ignoran. En suma, de la estupidez consagrada.

¿Alguien recuerda a Alicia? «¿La cuestión está en saber quién es el amo». De las palabras, por supuesto. «Punto y final», sentencia Humpty Dumpty.