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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Sacarino nos sigue avergonzando

Corona de Aragón, se llamó. Y quiso en el Compromiso de Caspe, tres cuartos de siglo antes del fin de la Reconquista y del descubrimiento de América, tener un rey castellano: Fernando de Antequera. Por eso los Reyes Católicos serían de la misma dinastía, los Trastámara

Por lo visto, la visita de nuestro monarca a un pedazo de su reino requiere de los oficios de un ministrillo al reino vecino, para que su monarca no se vengue. En España hay que cambiar muchas cosas, y deprisa, pero quizá la más urgente sea el vivir encogidos. ¿Qué ha tenido que pasarle a nuestra patria para vernos así rebajados? Nosotros que lo fuimos todo, nosotros que tuvimos la fortuna de nacer en el país que por siglos había sido el gran imperio benévolo. No pueden irritarnos, aunque se empeñen, los ignorantes resentidos del «nada que celebrar». No habrán sido escolarizados, o lo habrán sido de aquella manera, sin visitar la historia de su patria. No vayan a estar satisfechos de ella. Comprueben cómo, a medida que avanzamos, van apareciendo asuntos a lamentar. Como la educación para la servidumbre, para la agrafía, para la ideologización. La educación no memorística, la educación que rehúye –haciendo obligatoria la idiotez– el estudio cronológico de la Historia.

También hay que lamentar, rozando lo anterior, la pedagogía del odio que ha imperado en la educación catalana durante varias décadas, y que otras autonomías entregadas al negocio del hecho diferencial han imitado: la valenciana, la balear, la vasca, la navarra, la gallega. Así, a primera vista y sin reflexionar un segundo, se diría que todas las que tienen «hechos diferenciales» que agitar para trocarlos en privilegios sobre el resto de España. ¿Qué es entonces Castilla? ¿Algo no diferente? ¿Algo igual pues? Pero, ¿igual a qué? Porque si lo piensas un momento, no hay historia más única que la castellana. Su fuerza es tal que los constituyentes, en uno de esos errores garrafales que ya ha llegado el momento de exponer tras casi medio siglo de callarlos, creyeron conveniente trocearla para que no abrumara a otras regiones. Se dividió entre la que acompaña a La Mancha (¿qué es La Mancha?), la que acompaña a León, la que tiene mar y es uniprovincial, las comunidades que nadie exigía pero históricamente siempre fueron Castilla... ¡Lo que llaman País Vasco fue Castilla!

Lo que no era Castilla era la Corona de Aragón, esa que los estafadores nacionalistas catalanes, lo peor de lo peor, llaman Confederación Catalano-Aragonesa, incurriendo en un imperdonable anacronismo con el sustantivo e inventándose la conjunción de dos gentilicios como malos magos de proximidad. Corona de Aragón, se llamó. Y quiso en el Compromiso de Caspe, tres cuartos de siglo antes del fin de la Reconquista y del descubrimiento de América, tener un rey castellano: Fernando de Antequera. Por eso los Reyes Católicos serían de la misma dinastía, los Trastámara. Debo cerrar esta digresión de dimensiones imperdonables, en cuya defensa solo puedo invocar los Escolios a un texto implícito de Nicolás Gómez Dávila, afirmando que un rey pisa cuando quiere cualquier parte de su reino. Y si a alguien no hay que darle explicaciones, como ha hecho Sacarino arrastrándose erguido (raro, sí), es a un rey vecino que, sin título, pretende nuestras tierras.

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