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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

No hay cursi bueno

Cualquier cosa –la que sea– es menos peligrosa que un político sentimental. Salvo su epítome: un gobernante cursi

No, no hay cursi bueno. En ninguna actividad, disciplina u oficio. El cursi es la peste de la especie humana. Y, cuando la actividad, disciplina u oficio del tal es, por infortunio, la de político, la frontera que lo separa del asesino es tenue. Demasiado. Para cursi, el Adolf Hitler que babeaba su fervor ante los cuerpos de aquellos tan amados adolescentes arios, depositarios «de la fuerza y la belleza de las jóvenes fieras». Para cursi, el Guevara más pringosamente matarife, aquel a quien embriaga la deífica pasión del «odio como factor de lucha; del odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar». ¿Se puede decir de un modo más histriónicamente cursi? No. Pero maldita la gracia que tiene.

El hombre enamorado que vivaquea en la Moncloa es el espejo de otra era. Su cursilería es moderna y no canta ya la erótica felina la de las fieras selváticas. Tampoco el primordial deleite sadiano de activar máquinas homicidas. Lo suyo, no lo aprendió en libros; ni siquiera en el tan didáctico Malleus maleficarum. Los ojos del hombre enamorado nunca osarían posarse en algo que no fueran tiernos programas de televisión cardíaca. Y allí, naturalmente, sus neuronas fueron saturadas de amor. «Amor mío, te amo. Que lo sepan todos. Nadie va a separarnos…» Bailemos.

¡Cuánta ternura, cielo santo! ¡Qué arcangélica campaña electoral! ¿Cuál mejor lecho para los eternos amantes que una urna rebosante de plumosas papeletas? Como aquella de Ferraz en cierta aciaga noche que dejó a los dos amantes tirados sobre el frío arroyo: no volverá a suceder, te lo juro amor mío. Bailemos. Y así, el colchón de votos se trocará en moneda contante. Y el amor triunfará, tal como debe triunfar siempre; igual que el amor triunfaba siempre en nuestras benéficas saunas. Ni las radionovelas más melosas de los años cincuenta hubieran jamás podido conmover así. Con balcones a la calle.

¡Sentimentalismo…! Lo peor de la especie humana. Villiers de l’Isle-Adam da forma literaria perfecta a ese espanto que amenaza de continuo a la gente decente. Puede, el curioso lector, constatarlo en el más exquisito de sus Cuentos crueles: no hay sentimentalismo que no mienta. ¿En política? Sentimental es máscara bajo la cual avanza el asesino. W. H. Auden –poeta antisentimental donde los haya– reflexionaba sobre esa paradoja de los años treinta de nuestro tan letal siglo pasado: «Uno de los atractivos más poderosos del fascismo reside en su pretensión de que el Estado es una Gran Familia; … su intento de engañar al hombre de la calle para llevarle a pensar que las relaciones políticas son personales». Aunque esa familia –pasa a veces– se erija sobre una red de burdeles.

Por cierto, ¿recuerda alguien que el fascismo fue una escisión «nacional» del socialismo europeo, en Italia y Alemania primero, un decenio más tarde en Francia y en el resto de Europa…? Cualquier cosa –la que sea– es menos peligrosa que un político sentimental. Salvo su epítome: un gobernante cursi.

De nuevo Auden: «Mi sentimiento más profundo hacia los políticos es que son unos locos peligrosos y de un humor imprevisible, a los que hay que evitar en todo lo posible: gente, sobre todo, a la que nunca se le debe decir la verdad». Carne de presidio.

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