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François, el protagonista de Sumisión, la novela de Houellebecq, confiesa que las noches electorales eran su programa favorito de televisión, con la única excepción de las finales de los Mundiales de fútbol. Me reconozco en el tic (¿o es TOC?), aunque no se me escapa la acusación de frivolidad. Lo mío es aún peor: no sólo sigo las noches electorales; me apasionan las campañas, incluidos sus prolegómenos, como el que disfruta hasta con la fase clasificatoria de un Mundial.

La precampaña ya nos ofrece un espectáculo revelador. La gente tiene una querencia casi irresistible hacia la izquierda, incluso después de este Gobierno de Sánchez. Parece buscar excusas desesperadamente para votar al PSOE. A cualquier político de derechas se le censura porque se ha excedido o porque se ha quedado corto o por ambas cosas a la vez. Si rectifica, se le reprocha la rectificación. El campo está inclinado: la misma jugada se pita de distinta manera según la banda.

A la derecha le ocurre como en el cuento segundo de El conde Lucanor. Un hombre y su hijo van al mercado con un burro. Caminan ambos y los primeros con los que se cruzan los llaman tontos por desaprovechar la montura; monta el muchacho y, para el siguiente grupo, es un chico malcriado; sube el padre y, para otros que pasan, resulta un egoísta y un abusón; cabalgan ambos y el último grupo les afea tanta crueldad con el animal. Don Juan Manuel quería enseñarnos a no vivir pendientes del qué dirán. Nuestros censores parecen haber aprendido otra lección: nunca quedarse sin un reproche, aunque contradiga el anterior.

Sucede en todos los niveles. La opinión popular, que lleva años rajando de Sánchez, se tienta ahora la ropa ante la perspectiva del cambio. La opinión publicada, tres cuartos de lo mismo. Compárense los escándalos que provocan los exabruptos de Milei, un presidente de ultramar, con la tolerancia o resignación que encuentran los de nuestro ministro indígena Óscar Puente.

Esta ley del embudo tiene consecuencias electorales: para ganar, la derecha necesita que la izquierda haya gobernado tan mal que sus fracasos pesen más que el relato que los disculpa. Cuando llega al poder, la autoridad de las palabras sigue perteneciendo al adversario.

La derecha parece heredera de Pero Bermúdez, el «Pero Mudo» del Cantar de mio Cid. El Campeador tiene que animarlo: «¡Fabla, Pero Mudo, varón que tanto callas!». Y él, cuando por fin se arranca, desenmascara al infante de Carrión: «¡Lengua sin manos! ¿Cuémo osas fablar?». Es una frase formidable: las palabras sin obras no valen nada. La firmo. Sin embargo, hay una paradoja de la que conviene tomar nota: Pero Mudo sólo consigue imponerse después de haber hablado. Para vencer a la mentira no le bastaban las manos. Necesitaba la lengua. Hay que completar el axioma: «Manos sin lengua, ¿cómo osáis gobernar?».

A la derecha española le cuesta entenderlo. Confía en que la gestión hable por sí misma. Olvida que los hechos no hablan: alguien los cuenta, los interpreta y los sitúa en una idea del mundo. Carece a menudo de las palabras, los presupuestos culturales y los marcos filosóficos que hacen verosímiles sus razones. Lo advertía, un tanto exasperado, sir Roger Scruton: «Hasta que los conservadores no recuperen los principios que los motivan, seguirán perdiendo la partida frente a quienes se atribuyen una convicción que quizá no siempre sienten, pero que siempre están dispuestos a proclamar».

En 1492, Nebrija dejó escrito en el prólogo de su Gramática castellana, dedicada a Isabel la Católica, que «siempre la lengua fue compañera del imperio». La propia reina le había preguntado para qué servía una gramática, y fray Hernando de Talavera, obispo de Ávila, se apresuró a explicarle su importancia para el gobierno. No se trataba sólo de hablar bien: el poder mendiga una lengua que lo sostenga.

Si ganan las derechas, tendrán una tarea urgente. La izquierda ha leído a Gramsci y ha sabido reservar espacio a escritores, filósofos y artistas: el poeta y editor Carlos Barral fue senador socialista; el polipremiado Luis García Montero dirige el Instituto Cervantes. No se trata de promover afines, sino de escuchar y hacer escuchar a la inteligencia o a la intelligentsia, para ser exactos. La derecha no ha de caer en la instrumentalización, pero ha de cuidar una retaguardia de pensamiento capaz de disputar –más allá de las elecciones– el significado de las cosas y la querencia de los corazones.

De lo contrario, cuando se olvide la mano larga de Sánchez y se difuminen los desastres de su gestión, que será pronto, volverá a mandar quien conserve las palabras y los cristales de colores con que la gente ve el mundo. Las manos, por sí solas, no ganan una discusión. Manos sin lengua, abandonad toda esperanza.