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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

De Adamuz a Urda: Cuando el gobierno es el mayor «fallo humano»

En el corredor de la muerte Madrid-Sevilla no ha habido, en efecto, mayor error humano que el de Sánchez y su ministro. De ahí que hayan tratado deprisa y corriendo de buscar un chivo expiatorio en un trabajador del centro control de Adif, ese nido de corrupción sanchista en el que se garantizaba un sueldo y un posición prevalente a los amigos del PSOE

Antes de que el olvido se adueñe de la setentena de cadáveres de la nueva tragedia ferroviaria de localidad toledana de Urda –no de Urta, ministro tuitero– como antes de la cincuentena de difuntos del descarrilamiento de la población cordobesa de Adamuz, el deber cívico y moral me impone entonar mi particular «Yo acuso» contra un gobierno ladrón y canalla como superviviente de ese corredor de la muerte en que se ha mutado la antaño modélica línea de alta velocidad entre Madrid y Sevilla. Después de haberme librado gracias a Dios de ambos percances por circunstancias de última hora como usuario semanal de ese trazado, me valgo –excúseseme por una vez el uso de la primera persona– del histórico alegato de Émile Zola en defensa del capitán Dreyfus, injustamente condenado por pasar información militar a los alemanes, luego de ser utilizado como chivo expiatorio por ser judío en medio de una ola de antisemitismo, para debelar que la pifia no es, en modo alguno, la del trabajador de ADIF sino la de un gobierno que ha permitido este error sistémico en un sistema automatizado segando de raíz la vida de decenas de personas.

Mismamente mi amiga Fátima Báñez, a la que conocí antes de que existiera el PP y ella soñara con ser ministra siendo la mejor titular de la cartera de Trabajo en democracia, y con ella el centenar de muertos en menos de un año en el antaño símbolo de la modernización del ferrocarril español. Antes de acabar con el sanchismo en buena lid democrática, como anhelaba, sus políticas le han arrebatado la vida a ella. Por eso, como en el Planeta de los Simios, hay que gritar como el personaje de Charlton Heston al ver destruida la Tierra de regreso de su prolongada expedición espacial, hay que gritar: «¡Locos la habéis destruido! ¡Malditos seáis en el infierno!».

Más cuando el gobierno infecta a la gente con el veneno de la mentira en estos «días de confusión moral» contra el que blandió su pluma Zola en defensa de Dreyfus después de que la mortandad de Urda pillara otra vez al presidente Sánchez y a su secuaz Puente tuiteando como si no tuvieran cosa mejor que hacer. Luego de vanagloriarse el uno de su felicidad sexual en el programa de Broncano Coronavirus oe y el otro de banalizar los infortunios ferroviarios subido al ascensor con otro chiquilicuatre televisivo y, al simular una avería, exclama jocoso: «¡Como si no tuviéramos bastante con la Renfe ya!». Sin embargo, cuando debieran estar fuera del gobierno en buena ley democrática, ambos se aferran a la poltrona y aspiran a ser reelegidos en una España que debía hacérselo mirar. A esa anormalidad contribuye que, en esta «civilización del espectáculo» de la que hablaba Vargas Llosa, el bufón al servicio del gobernante es el rey, dada la natural propensión de la gente a pasárselo bien y a convertirse en espectadora con memoria de pez que deambula sin pestañear de las escenas de horror a las de humor con la información degradada en infoentretenimiento.

De esta guisa, la incompetencia criminal de un gobierno se salda con un expeditivo: «Desgraciadamente en la vida las tragedias suceden, pero no es igual cómo se responde. Y este gobierno ha respondido», como Sánchez el domingo 25 de enero cuando hacía campaña en Huesca y los suyos aplaudieron a rabiar al Gran Simio al defender a su «Oscargután» sin guardar siquiera un minuto de silencio por los muertos de Adamuz. O, en su versión más reciente del ministro Marlaska: «Son cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber una responsabilidad» para justificar su actuación en la invasión consentida de Ceuta por parte de Marruecos.

Entre tanto, las denuncias sobre el mal estado de la línea de alta velocidad por parte de maquinistas y de pasajeros se achacan a un «sentimiento de inseguridad subjetiva» propiciando que se repitan dramáticamente bajo los auspicios de quienes, sin ser removidos del cargo, volverán a hacerlo una tercera vez si no pagan por tanto dolor infligido. No en vano, antes de Adamuz y después, ya se había advertido de la inseguridad del ramal andaluz de la Alta Velocidad adoptándose como única resolución aminorar la marcha sin que los traqueteos de diligencia desaparecieran y su tránsito por el mismo fuera peor que jugar a la ruleta rusa dado que el cañón de la pistola sólo tenía un orificio sin bala disparando su letalidad.

Fatídicamente, todos lo veían venir menos aquellos que lo disimulaban, a pesar de contar con información de primera mano y no ponerle remedio. Mentían como bellacos para no afrontar sus deberes, mientras alardeaban de que, tras los 46 fallecidos de Adamuz, «la probabilidad de que pase algo así es bajísima», a la par que fanfarroneaban sobre su capacidad creativa para escribir más de los «entre 12 y 20 tuits» que publicaban diariamente porque «me tengo que contener». No han dejado de faltar a la verdad desde el Covid con Sánchez haciendo mutis por el foro en el funeral de Adamuz y sin visitar a los heridos en su Urda agigantando su leyenda de Galgo de Paiporta en la dana de Valencia, cuyo segundo aniversario ha coincidido con la última catástrofe ferroviaria.

En el corredor de la muerte Madrid-Sevilla no ha habido, en efecto, mayor error humano que el de Sánchez y su ministro. De ahí que hayan tratado deprisa y corriendo de buscar un chivo expiatorio en un trabajador del centro de control de Adif, ese nido de corrupción sanchista en el que se garantizaba un sueldo y una posición prevalente a los amigos del PSOE, sabedores de que lo que ha errado es un sistema de transmisión obsoleto al cabo de cuarenta años de su instalación. Pese a ello, no ha sido renovado al desviar el saqueo fiscal a los españoles y la ingente llegada de fondos europeos a cebar la corrupción en detrimento de la seguridad del pasajero.

Al rescate de ambos truhanes, se ha puesto en marcha una operación exprés para que, saltándose el secreto judicial mediante la filtración a la prensa adicta de los audios de las conversaciones entre el centro de control de Adif y los maquinistas de los convoyes involucrados, el accidente parezca cosa de «decisiones inexplicables» de «una persona del centro de control», y no un sistema de seguridad ferroviario que no ha dejado de dar problemas desde el gran apagón de abril de 2025. Cuando aún no existe el informe definitivo sobre el accidente de Adamuz, el gobierno aplica la ley de Lynch a la cabeza de turco escogida para irse de rositas ante la inminencia de las elecciones del 29-N.

Cuando un gobierno se constituye en el principal peligro, en el mayor de los «fallos humanos» hasta hacer descarrilar la nación con sus víctimas reducidas a mera estadística, cobra sentido evocar aquel episodio que narra Confucio sobre la mujer llorando sobre la tumba la pérdida de su suegro, de su esposo y de sus hijos desgarrados por un tigre. Al observarla en ese estado de dolor y aflicción, el sabio la inquiere sobre por qué se empecina en vivir en aquel hostil paraje y esta le responde: «Porque aquí no hay gobierno opresor». Ello lleva a Confucio a sentenciar que «los gobiernos opresores son peores que los tigres». Sin duda, la Historia certifica cuán temerario es confiarse a un poder irresponsable que miente, mientras la gente reitera recurrentemente como la viuda de la anécdota de Confucio: «¿Qué más tiene que pasar en España para que las cosas cambien de una vez?».