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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Esta no es la España de nuestros padres

Amor era el párroco de Urda prestando su coche para recoger heridos, amor era el farmacéutico del pueblo cuando volvía a su botica a por gasas y alcohol para detener hemorragias, amor eran los psicólogos socorriendo a las familias que todavía no han encontrado los restos de sus muertos...

Nunca las palabras tuvieron menos sentido. Ni siquiera bien ordenadas y con humilde intención de perdurar. Un puñado de palabras hoy son poca cosa, insignificante reverso del silencio de la indignación, la rabia, el duelo, la perplejidad. Ante la magnitud de lo que está viviendo España, juntar unas cuentas letras para formar una frase que nos permita salir del pasmo, es un ejercicio de impotencia. Impotencia ante esos mensajes, ya muertos, de amor y esperanza que palpitaban vida minutos antes del drama: «Mamá, ya estoy sentada en el vagón», o ante el esperanzador «cuando llegue te llamo»; impotencia ante ese selfi, que ahora es un daguerrotipo, hecho en el andén, y que iba acompañado de un «en menos de tres horas estoy por allí y empezamos la reunión», o de un «ve reservando en el italiano que me gusta, que me da tiempo a comer contigo». Esas promesas que eran circunstanciales, un paréntesis de vida entre los afectos de Madrid y los que esperaban en Andalucía, terminaron en la morgue, acabaron entre hierros retorcidos; tan retorcidos como el corazón de Pedro Sánchez y Óscar Puente.

España no merece lo que le está pasando. No merece recoger los añicos del país que ayudaron a levantar nuestros abuelos, que enderezaron con generosidad y abrazos nuestros padres y del que nosotros disfrutábamos hasta apenas hace dos lustros, pasajeros orgullosos de un ascensor social que era la envidia del mundo, del que presumían esos padres que no pudieron estudiar pero que vieron que sus hijos caminaban hacia un futuro mejor, subidos sobre becas y valores. Y luego, que viajaban sobre un AVE, que circulaba sobre carriles que no se rompían y con sistemas de frenado seguros y no de la señorita Pepis. No hacía falta más. España era un proyecto feliz y de éxito.

Esto que nos queda no es el país que hemos intentado forjar entre todos, donde ni abrazos quedan, ni palabras de aliento, ni respeto por el que no piensa como nosotros, ni apretones de mano, ni excelencia para gestionar nuestras cosas, ni perdón, ni piedad, ni conmiseración. Por no quedar no quedan ni trenes en los que enamorarse, ni en los que escribir un mensaje de cariño, ni vagones en los que leer un libro reconfortante, escuchar una melodía, o hacer examen de conciencia, porque la velocidad nos obliga a pasar por la vida sin vivirla. Y por lo menos antes de subirse a la alta velocidad española era el lienzo de nuestra mejor cara, la colectiva; la ingeniera civil más despampanante del mundo. Desde sus mullidos asientos hemos mirado paisajes, admirado almendros, avistado olivos, que han sido como ensoñaciones para suplir la trepidante vida de la urbe; hemos visto bebés como ángeles y les hemos hecho un traje a la medida de nuestras ilusiones, hemos compartido sonrisas y escuchado silencios, mientras cogíamos apuntes o ultimábamos los preparativos para una conferencia.

No nos merecemos recoger estos frutos negros, turbios, oscuros, podridos de un tiempo negro, turbio, oscuro y podrido. Para esto no lucharon nuestros padres o nuestros abuelos. Los anuncios de Renfe repetían entonces aquel «papá ven en tren» por Navidad y, lo mejor, era que venía en tren. Sano, salvo y feliz de formar parte de un proyecto moderno y puntero que entre todos habían construido. No hace tanto. Ocho años después no queda nada. Ni palabras, ni presupuestos; por no haber no hay ni presos, hasta los matarifes están en la calle. Solo nos queda la memoria. Se la debemos a los que se fueron por culpa de una maldita gestión basada en el dedo humeante de un ministro, puente entre el mal y el desastre. Un ministro procaz, sectario, que ha sustituido a otro que colocaba amantes en empresas públicas y se corrompía hasta el tuétano. Todos, paradigma de Sánchez.

Que descansen en paz los que fallecieron en Urda; como antes los de Adamuz. Que ellos descansen en paz en su Cielo merecido. Nosotros quedamos aquí, en este purgatorio prematuro esperando, no el Juicio Final, pero sí el juicio legal que ponga a cada uno donde le corresponda estar. A esos que han sembrado de guerras y desastres nuestras vidas. Para ellos, que no descansen jamás en paz mientras vuelven a sus tracking electorales, a las reuniones de estrategia, al maldito relato, a la política de diseño, a los argumentarios matutinos y a los besos de la muerte en mítines de todo a cien. Amor era el párroco de Urda prestando su coche para recoger heridos, amor era el farmacéutico del pueblo cuando volvía a su botica a por gasas y alcohol para detener hemorragias, amor eran los psicólogos socorriendo a las familias que todavía no han encontrado los restos de sus muertos, amor eran las colas que se formaron en todas las comunidades para donar sangre y plaquetas, amor era el caldo que hizo un cocinero de Urda para todos los afectados. Eso era amor, Pedro. Quien lo probó lo sabe. Pero a ti voy a hablarte yo de Lope…