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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

El luto y la ira

¿A dónde fue el dinero que hubiera sido necesario invertir para que una antaño óptima red ferroviaria no acabara degradándose hasta verse trocada en esta trampa mortal que es hoy el AVE? El azar, decía un clásico, no es más que el asilo de la ignorancia

Han pasado ya treinta horas cuando escribo. Nadie ha dimitido. No se destituyó a nadie. Los 69 muertos más 64 desaparecidos, que vinieron ayer a sumarse a los 46 muertos de hace nueve meses en Adamuz, los cientos de heridos en distintos grados de gravedad, las incalculables vidas familiares rotas, naufragan en la bruma de una fatalidad anónima. No hay responsables. No hay culpables, ni morales ni materiales; con nombre y apellido. También, con cargo ilustre bien pagado.

Lo de anteayer es, ante todo, una tragedia. Es también paradigma de un gobierno que de la delincuencia ha hecho su fortuna. De una banda bien jerarquizada, en la que nadie es responsable de nada; y nadie paga. Ni de robo ni de muertes. Es el único lema exacto del sanchismo. Irresponsables. Todos. Técnica, como moral, como política, como penalmente. Todos. Irresponsables.

Desde el enjoyado abuelito Zapatero, hasta esa primorosa catedrática y ese apuesto marido doctor que acunan locos amores en Moncloa y en todas cuantas pantallas de televisores rosas puedan ponerse a tiro. Desde ellos, en las más sublimes alturas, hasta los terrenos lodazales en los que habita el infinitamente zafio que regenta el ministerio que heredará de un muy cuantificable ladrón. Porque este ministro, bajo cuya responsabilidad van ya más de 160 muertos, 64 desaparecidos y un ejército de supervivientes horriblemente heridos y mutilados, es el legítimo heredero de aquel otro ministro que solía cargar sus consumos genitales al pecunio público.

Nadie ha dimitido. Aún. Pero no, no es eso lo grave. Ni hay por qué conceder a esa gente el privilegio honorable de la dimisión. Que gentes con ese nivel moral se nieguen a soltar cargos y sueldos para los cuales no están capacitados, nada tiene de asombroso: a esos naturales excesos de perversidad puede llegar la condición humana. No, no es dimisión lo ahora exigible. Es destitución. Fulminante. Con todos los deshonores que corresponden al pantano de muerte del que son responsables. ¿Podrán vivir con ese tropel de cadáveres sobre sus hombros? Seguro que sí. Basta mirarlos a la cara. Pueden.

Pero que nadie diga que la matanza de Urda fue un azar. Anónimo. Todos sabemos lo que decir «azar» significa: lanzar un puñado de arena a los ojos del que mira. Sobre todo, a los ojos de aquellos a quienes la muerte ha golpeado. «Nadie, no fue nadie». El destino es el único culpable de que los refinados procedimientos de seguridad de trenes de la más alta tecnología estuvieran inservibles. Y que, inservibles, los trenes de la más alta potencia –por tanto, del más alto riesgo– siguieran funcionando sin que nadie –nadie– moviera un dedo para impedirlo. ¿A dónde fue el dinero que hubiera sido necesario invertir para que una antaño óptima red ferroviaria no acabara degradándose hasta verse trocada en esta trampa mortal que es hoy el AVE? El azar, decía un clásico, no es más que el asilo de la ignorancia.

¿Qué queda, tras este absurdo, tras este atentado contra la moral y la lógica? Muerte. A paletadas. Y un país que exhibe su obsolescencia. Y un ministerio corrupto, cuya gangrena todo lo contamina. Y un primer ministro al que ningún almacenamiento de cadáveres afecta. Moncloa bien vale un AVE. O dos, o tres… ¿Y el dinero europeo? Voló en humo. Y en diamantes.

Han pasado treinta horas. Ni un solo destituido.