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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Puente? No, las risas desencajadas de Sánchez

El ministro dimisionario era tan desagradable que caímos todos en la trampa de Sánchez de cargar la crítica en él, en lugar de centrarnos en el culpable último

Dos pequeñas divagaciones cinéfilas para ubicar el caso Puente, que debería ser en realidad el caso Sánchez.

El director londinense Alfred Hitchcock, que luego se consagraría en Hollywood como el rey del suspense, inventó el concepto del Macguffin. Se trata de una treta argumental, que consiste en distraer al espectador con una incidencia paralela de escasa importancia, de tal manera que la trama sigue avanzando casi sin que el público se percate. Se logra así un efecto sorpresa.

La otra lección de cine aplicable a nuestra política procede de Los intocables de Eliot Ness, una buena película de 1987 del irregular Brian de Palma, un director curioso, que a veces acierta por todo lo alto. Ness es un agente federal del Tesoro, al que le encargan restablecer el orden en el violento Chicago de los años veinte. Pero en seguida se da cuenta de que para sanear las calles no debe centrar sus esfuerzos en los tentáculos de matones y sicarios, sino que ha de ir directamente a por el cerebro del engranaje: Al Capone. Así lo hace y acaba logrando un sonado triunfo.

Puente era el Macguffin de Sánchez. Hemos caído en la añagaza del presidente. En lugar de dirigir nuestra mirada hacia el jefe de la banda gubernamental, lo que hacíamos era centrar todo el enojo y las críticas en el ya caído Puente, un fámulo de quien da las órdenes. Nos despistamos mirando al señuelo, para alivio de Sánchez, que en solo 25 días se juega lo que más quiere del mundo: su poltrona.

Puente es un personaje que no se hace querer, eso está claro. Con su porte hosco, que parece salido de algún ensayo de Darwin, se ha dedicado a repartir mandobles macarras desde su ministerio, ocupando parte de su tiempo en las redes sociales mientras desatendía la tarea para la que le pagamos.

Puente es también el botarate que una semana antes del horror de Urda se dedicaba a payasear sobre los fallos de Renfe en un anuncio de un programa cómico de La Sexta (solo por ese tremendo error de juicio debería haberse ido). Puente era el ariete más bronco del sanchismo, al que ayer ya se le había pasado la pena –impostada– para volver a hacer oposición contra la oposición en el tono más rudo. Se trata además de un incompetente de alto riesgo: ahí están los dos accidentes escalofriantes y el carrusel de baches de nuestras autovías públicas, que jamás habían estado tan descuidadas.

Pero Óscar Puente, que llevaba tres años como ministro de Transportes, no es el culpable último de las catástrofes de Adamuz y Urda. Sánchez sí lo es. Él es el presidente que ha ignorado por completo la gestión –no tiene ni Presupuestos– para centrarse en la propaganda guerracivilista. Sánchez es el presidente con el que nada funciona. Sánchez es el que ha dilapidado miles de millones de fondos europeos, que podrían haber ido a mejorar en tiempo y forma la seguridad ferroviaria. Sánchez es el que nombró ministro de Fomento a Ábalos, que cumple 24 años por corrupto, y a Koldo, al que le han caído 19, el «militante ejemplar», un portero de puticlub y maletero de la Banda del Peugeot al que convirtieron en... ¡consejero de Renfe y Puertos del Estado!

Sánchez es el presidente que ni se molesta en mirar a la cara a las familias de las víctimas, porque por desgracia le dan igual (él no siente ni padece). Y Sánchez es quien sostenía ahí a Puente para que hiciese de saco de los golpes mientras Mi Persona se dedicaba a darse pote por foros de seudo pensamiento de Prisa al lado de Oughourlian (que sigue dándole cuartelillo al abrasado Pedro, porque business is business).

Sánchez es el presidente del Gobierno de España al que el partido de ETA y el del golpista sedicioso Junqueras siguen apoyando contra viento y marea, incluso tras el horror de Urda. Ese respaldo lo dice todo.

Puente era solo un desagradable actor secundario, el apparatchik que se prestaba a poner su cara para que las bofetadas no alcanzasen al líder supremo. Hasta que se hartó. O hasta que las encuestas se pusieron todavía más fúnebres y Sánchez empezó a no conocerlo de nada y le enseñó la puerta.

Cuando piensen en el horror de los trenes acuérdense de las risas desencajadas de Sánchez. Él es el auténtico culpable.

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