El fascinante encuentro de los dos Bob
Sería interesantísimo saber de qué hablaron León XIV y Bob Dylan, Robert Prevost y Robert Zimmerman, dos personas que siempre han buscado a Dios
El periodismo es un trabajo fatigoso y en España, mal pagado. Pero reporta alguna ventaja, como la posibilidad de charlar en primera persona con mucha gente importante. Cuando llevas ya unas décadas de oficio te das cuenta de que la mayoría de los personajes públicos, vistos de cerca, no son tan interesantes como aparentan a lo lejos. De hecho, muchos resultan decepcionantes por pueriles, o por evanescentes (nunca olvidaré a un ministro que nos explicaba muy ufano en privado que la clave de su éxito consistía en «no hacer nada»).
Por eso, a estas alturas, charlar con figuras de la política, o conocer el detalle de sus enredos, no me suscita especial emoción ni curiosidad. Sin embargo, daría algo por poder saber de qué hablaron en el Vaticano, y en qué términos, dos personas tan fascinantes como el afable Papa León, de 71 años, y el huraño Bob Dylan, de 85.
No ha sido la primera vez que Dylan saluda a un Papa. En 1997 cantó en Bolonia para el coloso Juan Pablo II, iniciativa que no convenció al mozartiano cardenal Ratzinger. Karol Wojtila, que era un fenómeno, le dio la vuelta a una de las canciones más famosas de Dylan, aquella en la que dice que «la respuesta está flotando en el viento», y le aclaró que «la respuesta está en Jesucristo».
La aclaración seguro que no desagradó a Dylan, judío que en 1979 se convirtió al cristianismo tras asegurar que había sentido en una habitación la presencia de Jesús. Durante los tres años siguientes, Bob se convirtió en un fervoroso predicador. Sermoneaba a su público en los conciertos, para espanto de su parroquia progre. Avisaba de que hay que estar preparados para el final de los tiempos y grabó tres discos religiosos, maltratados por la crítica y que merecen ser revalorizados.
Luego Dylan volvió a temáticas mundanas, pero Dios sigue en su vida. De hecho cree que su Gira de Nunca Acabar, que lo mantiene en ruta con 85 tacos y un hilillo de voz rasposa, viene a ser un modo de cumplir con la tarea para que Él lo trajo al mundo. Aunque también es verdad que le encanta la vida de zíngaro errante, que lo mismo lo lleva a tocar en un teatro de príncipes que en un estadio, o en el aparcamiento de un Walmart de la América profunda.
Las imágenes del encuentro de los dos Bob estadounidenses son harto curiosas. Bob Prevost saluda con su habitual placidez sonriente a Bob Dylan, el poeta que llevó la canción ligera a la edad adulta, quien mira a los ojos del Papa con extrema seriedad. Contrasta también la sotana alba del pontífice con el inenarrable atuendo del enlutado Dylan, que acudió a la cita vaticana con una capucha y una pinta tipo jedi de La Guerra de las Galaxias que se ha pasado al lado oscuro.
Pero seguro que el breve encuentro discurrió bien. A los dos Bob, separados por catorce años, les unen muchas cosas. Ambos son hijos de inmigrantes de clase media criados en el frío del Medio Oeste, Robert Francis Prevost en Chicago y Robert Allen Zimmerman en la gélida Minnesota. Ambos sintieron una llamada inequívoca y temprana hacia su vocación. Ambos crecieron con el pop de los sesenta. Al joven Prevost le encantaba calarse las gafas de sol negras e ir cantando al volante éxitos del rock suave californiano, o de los Blues Brothers. Al niño Zimmerman ver a Elvis en televisión le cambió la vida. A los dos les encantan también los deportes.
Ambos son muy inteligentes, pero uno con su mente formateada por los estudios reglados, mientras que el otro se educó a sí mismo tras plantar la universidad, leyendo todo lo que caía en su mano, desde Rimbaud a Von Clausewitz, pasando por supuesto por la Biblia, cuyo eco impregna toda su obra. Prevost es matemático y doctor en Derecho Canónico. Dylan es doctor en la lectura lírica de los complicados pliegues del alma humana, laberinto de luces y amargores.
Ambos son trotamundos. Prevost fue misionero en Perú y como prior de los agustinos durante más de diez años no paró de hacer y deshacer la maleta. Dylan sigue ofreciendo más de cien conciertos anuales y parece que aspira a morir sobre las tablas allá donde Dios lo llame.
Los dos se vieron señalados, o atropellados, por el destino. Al joven Dylan la izquierda quiso convertirlo en el profeta de la contracultura. Pero abdicó («me sentía como un trozo de carne arrojada a los perros»). Se hizo eléctrico y psicodélico y cambió la canción con mensaje por canciones cuya misma existencia es su único mensaje. A Prevost el Espíritu Santo lo ha hecho Papa; y de esa honra divina, y fatigosa carga humana, no cabe abdicar.
Pero el punto de encuentro de Bob Prevost, que acaba de salir de un aviso del cáncer, y de Bob Dylan, que ya está hollando a la última orilla, habrá sido el Dios que ambos comparten. La brújula de sus vidas, que les pone los pies en el suelo y la mirada fijada en lo alto mientras las multitudes los aclaman allá por donde pasan con sus magisterios.
El mundo es un lugar mejor con los dos Bob rodando por él y nos encanta que se hayan conocido.