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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

No habrá Javis para Muñoz Seca

Los terroríficos asesinatos en serie de Paracuellos, hace ahora 90 años, han sido borrados de la Memoria oficial en un inenarrable ejercicio de ingeniería social, único en el mundo civilizado

El próximo 5 de diciembre se cumplirá un año de la muerte de Alfonso Ussía y Muñoz Seca, que sigue vivo cada día con los lectores que releen sus artículos en El Debate o se internan en sus libros. Todos los meses de noviembre, Ussía recordaba en un artículo a su abuelo materno, el exitoso dramaturgo Pedro Muñoz Seca, el rey del astracán, que reinaba en los teatros durante la II República. Poco antes de las nueve de la mañana del 28 de noviembre de 1936, fue fusilado a los 57 años por milicianos comunistas. Como escribía días atrás Mario de las Heras en un clarividente artículo, no habrá película de los Javis para Muñoz Seca.

Tampoco se acordará la oficialidad -ni su intelectualidad y artisteo afín- de ninguno de los 4.000 asesinados de manera sistemática en la salvajada de Paracuellos.

A Muñoz Seca lo arrojaron a una fosa común, previo tiro de gracia, junto a otras cincuenta personas más, entre ellas un niño de 13 años. Instantes antes del fusilamiento, con las víctimas alineadas al pie de la zanja donde los enterrarían, un miliciano con un rescoldo de humanidad le pasó un pitillo a don Pedro, que había sido un tenaz fumador, para que templase los nervios previos a los disparos. Muñoz Seca dio un par de caladas hondas. Pero el cigarrillo se lo tuvo que poner en la boca el propio tirador, porque el escritor tenía las manos atadas a su espalda con un hilo de bramante, que oprimía sus muñecas hasta hacerle sangre.

Muñoz Seca no perdonó una última humorada ante el pelotón: «Sois tan hábiles que me habéis quitado hasta el miedo». Acto seguido exclamó: «¡Viva Cristo Rey!», sus últimas palabras.

Muñoz Seca había sido sentenciado por un Tribunal Popular socialista por los delitos de monárquico, católico, patriota español y lector de ABC, donde a veces escribía. Miles de víctimas de Paracuellos no tuvieron ni siquiera ese simulacro de juicio: una saca y a la fosa, o directamente torturados hasta morir en las checas.

Entre los dirigentes del operativo de exterminio de los presos estaba un joven comunista muy prometedor, un tal Santiago Carrillo, que se disfrazaría en su senectud de simpático hombre de concordia. Entre los que no movieron un dedo por Muñoz Seca figura el buen poeta y pésimo ser humano Rafael Alberti, paisano suyo de El Puerto de Santa María y que, como él, había estudiado en el colegio local de los jesuitas. El hermano de Rafael, buen amigo de la familia del dramaturgo, medió ante el vate comunista para que intentase salvar a Pedro, preso en la improvisada cárcel de San Antón. La respuesta fue de una repugnante indiferencia: «No puedo ni quiero hacer nada en su favor. Además, a estas horas ya estará muerto».

Ussía contaba que mientras su abuelo sufría la angustiosa cuenta atrás en la checa de San Antón, Alberti se solazaba en fiestas con los jerarcas soviéticos instalados en Madrid. Caviar y vodka. Mientras que a Pedro, un autor cómico de inmenso éxito, que había tenido la osadía de mofarse de la República, sus carceleros le cortaban su luengo bigotón de dandi para humillarlo y le robaban el abrigo que portaba antes de subir en el autobús rumbo a Paracuellos: «Ahora ya no te va a hacer falta».

Alberti es todavía hoy un santón venerado por la izquierda. Se le estudia en las escuelas y contar estas verdades no pasa el cedazo de la corrección política. Valle-Inclán, en mi humilde opinión el mejor escritor español de comienzos del siglo XX, ensalzaba a Muñoz Seca como «un monumental autor de teatro». Escribió 91 comedias y la crítica izquierdista de presuntas cejas altas lo ponía a parir, mientras el público lo adoraba. Entre sus detractores figuraba un tal Mesa. Cuando le preguntaron si había leído una de sus duras críticas, don Pedro respondió con su guasa: «Todavía no me interesa la opinión de los muebles». Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras, funcionario de mañana y autor teatral de tarde, poseía el don de la gracia natural y una facilidad casi prodigiosa para versificar todo lo que se le ponía por delante.

En la cárcel, Muñoz Seca intentaba mantener el ánimo alto, confortar a los que lo rodeaban y no desfallecer. Pero alguna vez no pudo evitar las lágrimas al ver que en la saca se llevaban a reos que eran casi niños. El día antes de que lo matasen se confesó con un sacerdote preso, que también sería fusilado, y escribió una maravillosa carta a su mujer (que ella no vería hasta el final de la Guerra Civil). La posdata refleja un alma pura, en paz con Dios: « Como comprenderás, voy muy bien preparado y limpio de culpas».

Si cambia el Gobierno, una de sus primeras decisiones debería ser acabar con unas leyes hemipléjicas de memoria doctrinaria, que solo cuentan las atrocidades de una parte y presentan como ángeles a los autores de las barbaridades de la otra. Sufrimos un ejercicio de ingeniería social único en el mundo civilizado.

Acabo con un ruego. No todo tiene por qué ser Javis lorquianos. A muchos nos encantaría que José Luis Garci, al que todavía le queda dentro una gran película, se animase a filmar con su distintiva elegancia clásica los últimos días de Pedro Muñoz Seca, la tragedia de cuando el comunismo acribilló a tiros hasta el humor.