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Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

Voto cristiano

La teoría clásica de los Padres de la Iglesia, por ejemplo, san Agustín, sobre la existencia de los dos poderes, espiritual y temporal, abre el camino a la separación entre ambos

No creo que haya una política cristiana, pero sí que hay muchas anticristianas. El cristianismo no es una política, pero tiene consecuencias para ella. Lo afirmó con claridad Benedicto XVI, y no sin suscitar cierta polémica. A diferencia del islam y del judaísmo ortodoxo, para el cristianismo no existe un derecho revelado. Y eso ha sido fundamental para el desarrollo de la libertad intelectual en Europa y en las naciones en las que ha ejercido su influencia el cristianismo. Dios no ha promulgado un derecho religioso. Ni siquiera es el autor literal de los textos sagrados.

La teoría clásica de los Padres de la Iglesia, por ejemplo, san Agustín, sobre la existencia de los dos poderes, espiritual y temporal, abre el camino a la separación entre ambos. La consecuencia inmediata es la limitación del poder del Estado, cuya existencia no está al servicio de la perfección y la salvación de los hombres, sino solo de proveer a aquello que favorece la justicia y, con ella, la paz social. Por lo tanto, los Estados no deben castigar todos los vicios y pecados, pero también es cierto que, si no es por la justicia, no se distinguen de las bandas de ladrones. Y bien que lo sabemos.

Cosa distinta es que del cristianismo y de su moral se deriven obligaciones políticas para los cristianos. Estas consecuencias, se encuentran en los textos sagrados y en la Doctrina social de la Iglesia. En primer lugar, la participación política es un derecho, pero también un deber. En este sentido, la abstención, salvo por motivos extremos, es una decisión equivocada. El cristiano debería apoyar aquellas opciones políticas que más se acerquen a promover la justicia y el bien común. Y nunca a las que promueven la discordia y el enfrentamiento entre los ciudadanos. La concordia no requiere la coincidencia entre las opiniones. Julián Marías se refirió a la «concordia sin acuerdo», es decir, la concordia entre quienes piensan de modo diferente. Esto es precisamente lo que está sucediendo en España: la discordia sin acuerdo.

Ciertamente Cristo nos insta a perdonar y amar a los enemigos. Pero este mandato prueba por sí solo que hay enemigos, y que, por otra parte, el amor y el perdón no tienen por qué incluir el entregarles nuestro voto. La consecuencia quizá sea que resulta más fácil decidir a quiénes no se puede votar que a quién hay que hacerlo. El cristianismo no es de derechas ni de izquierdas por la sólida razón de que no es una ideología política. Pero la actitud general de la actual izquierda española hace imposible que pueda postular el voto católico. No era así en épocas pasadas. Esto ya resuelve algo. Pero no es infrecuente que católicos proclamen que no pueden votar en conciencia a un partido, sea el PP o Vox, porque traicionarían sus convicciones. No cabe sino respetar la actitud, por más que piense que me parece equivocada. No todo es lo relativo a la vida. También hay cuestiones que se refieren, entre otras, a la propiedad, la inmigración o la libertad religiosa. Entiendo, y comparto, el rechazo a votar a un partido que propugna la consideración del aborto voluntario como un derecho fundamental que debe ser garantizado en la Constitución. Pero eso tampoco tiene que llevar a un rechazo a todo partido que no promueva su penalización. El voto no es un acto de adhesión incondicional a un partido ni a todo su programa. Es un acto prudencial. Además, en casos de extrema gravedad, como el actual, el objetivo fundamental es el cambio de gobierno porque, efectivamente, no todos son iguales. El derecho se encuentra vinculado a la moral social. A mí me parece la aceptación social del aborto quizá el mayor error moral de nuestro tiempo. Pero no es eso lo que considera la moral social vigente que, por otra parte, se encuentra profundamente dividida. Por eso, lo decisivo es la modificación de las ideas, parcialmente, vigentes a través del ejercicio del poder espiritual. Aunque no deba desdeñarse el poder del derecho para influir en las convicciones personales, la influencia es más bien la inversa, al menos en las democracias. No es fácil cambiar las leyes sin cambiar antes las conciencias. En conclusión, no encuentro ningún motivo para que un católico no vote al partido que tiene más posibilidades de sustituir al actual gobierno. Me guste más o me guste menos.