Cartas al director
Semillas de odio
Se dice que hay paz cuando no hay guerra. Cierto que no hay armas de por medio, pero pueden existir otro tipo de instrumentos o medios destinados a ofender o a defenderse. El muestrario que ofrece el actual panorama de la sociedad española no es de guerra, por supuesto, pero sí de odio, que es otra forma de entablar batallas. Odio, sí, antipatía y aversión hacia alguna cosa o persona cuyo mal se desea. Y esto no hay que ser muy avispado para advertirlo. Siempre han existido casos excepcionales, a veces resaltados por los medios de comunicación, de una rivalidad extrema y violenta en ámbitos familiares o asociativos.
Pero el odio como actitud es algo que ya comienza a predominar en la sociedad española, originario desde hace algún tiempo va cada vez cobrando más adeptos, y cada vez se está extendiendo de manera progresiva en el campo social y no digamos en el terreno político donde el odio domina ya de modo palpable. Es como si la demagogia política hubiese abierto con liberalidad las esclusas del odio. Es una triste y lamentable realidad que afecta, principalmente, a la convivencia pacífica en los ámbitos sociales e incluso familiares.
La pluralidad de pensamiento, la comprensión, la tolerancia, el respeto mutuo son cada vez más fortuitos, y es que la política está minando los ánimos como queriéndolos conducir pretendida y forzadamente hacia un pensamiento único, a un totalitarismo, sin respetar ni atenerse a un comportamiento humano cívico y propenso a la permisividad, a la flexibilidad, a la transigencia.
En fin, hemos de ser optimistas, con un optimismo positivo, consecuente y trascendente que no procede de la satisfacción humana o de una complacencia necia y presuntuosa, sino la de trabajar en una tarea común, unificadora de intereses proyectados hacia la convivencia eficaz, sólida y duradera.