Cartas al director
La serie Adolescencia: la pedagogía del abrazo
He seguido con atención la serie Adolescencia, que tan buena acogida está teniendo en las últimas semanas, y creo que prácticamente todo lo que sucede en ese centro ficticio es real. Podemos cambiar el nombre del colegio, las caras de los profesores o el color de las paredes, pero el fondo es el mismo. Porque un colegio no es solo un edificio con aulas: es una metáfora de la sociedad. Y todo lo que pasa fuera, pasa dentro.
Pero si hay algo que me ha removido especialmente es el lugar que ocupa la familia en esa narración. Porque detrás de cada adolescente que se equivoca, hay unos padres que sufren, que se preguntan una y otra vez en qué han fallado, y que a veces tienen que enfrentarse a una dolorosa verdad: su hijo ha hecho algo mal. Aceptarlo, sin excusas ni paños calientes, es una de las pruebas más duras que puede vivir una madre o un padre.
En estos años he aprendido que no hay una fórmula infalible para educar. Que puedes criar a todos tus hijos (a todos los alumnos) con el mismo amor, los mismos límites, los mismos valores… y, sin embargo, que no todos reaccionen igual. Porque cada niño es un mundo, y cada corazón lleva su propio camino. Y sí, claro que nos equivocamos. Pero también ellos. Y ahí es donde empieza la verdadera educación.