Cartas al director
Se habla poco...
En la virulenta actualidad española no se habla demasiado de las embajadas y los consulados de España allende las fronteras, pero conociendo de primera mano la situación, querría ofrecer mi reflexión. Vaya por delante el respeto al trabajo que realizan una mayoría de diplomáticos, funcionarios y contratados locales, españoles y oriundos del país, muchos de ellos escasamente pagados, con una vocación de servicio y un sentido de Estado dignos de elogio o al menos dignos del sueldo, que, en el caso de los diplomáticos y funcionarios de carrera, es generoso y les permite vivir holgadamente.
Sin embargo, creo necesario poner de manifiesto otra realidad, que tampoco es inusual. Los consulados y embajadas tienen un funcionamiento demasiado opaco, rara vez contestan a los correos electrónicos o a las llamadas telefónicas y el tratamiento que dispensan a los arrojados ciudadanos que se presentan en sus dependencias sin haber solicitado cita previa es, casi siempre frío, con frecuencia desabrido y excepcionalmente, pero sucede, vejatorio.
Los consulados y las embajadas de España en el exterior son una prolongación del Estado español –en horas bajas por causa de un gobierno termita– y adolecen, en general, de la misma falta de vocación de servicio, de eficacia y de transparencia que la mayoría de las instituciones en España en estos momentos.
Se habla poco de la falta de vocación de servicio y sentido de Estado de funcionarios que perciben salarios mensuales netos de cinco cifras; se habla poco del trato degradante a ciudadanos del país, se habla poco de la discrecionalidad y opacidad en la concesión de visados, no se habla apenas del mal funcionamiento de los centros de visados, sobre algunos de los cuales se ciernen oscuras sospechas; y las esforzadas empresas españolas se quejan demasiado poco de los graves quebrantos en tiempo y dinero que provocan los rechazos injustificados de visados a sus clientes, poniendo en jaque prometedoras relaciones comerciales.
Se habla poco, pues las embajadas y los consulados no interfieren en la cotidianeidad de España, pero quizás debería hablarse más, porque su buen funcionamiento es clave para mantener la imagen de España –que a pesar de tanto desbarajuste sigue siendo buena–, para la proyección del poder blando de nuestro país, el único digno de proyectarse, y para apoyar la actividad de nuestras empresas en el exterior.