Cartas al director
Voyager 1
En estos días se recuerda que en 1977 se lanzó la sonda Voyager 1. Cuarenta y ocho años después, su avance equivale a un día luz. Con ese ritmo, necesitaría unos 70.000 años para alcanzar la estrella más cercana. Setenta mil. No hay metáfora que suavice semejante abismo.
Con estos números, hablar de viajes interestelares (y posiblemente también interplanetarios) no es solo ingenuo: es pura fantasía revestida de ciencia ficción. No existe tecnología, ni horizonte temporal, ni civilización humana capaz de sostener semejante empresa. Es un espejismo que alimentamos porque nos cuesta aceptar nuestros propios límites.
Y lo más llamativo es que seguimos invirtiendo enormes recursos en observar un universo que ya no existe tal como lo vemos. Todo lo que captamos es luz que salió de su origen hace entre cuatro años y casi 13.000 millones de años. No estamos mirando la realidad: estamos mirando fantasmas luminosos, restos fósiles de un pasado irrecuperable.
Así que, más allá de la curiosidad humana –que es legítima–, cuesta encontrar un sentido práctico a esta obsesión por mirar hacia un cosmos que jamás podremos alcanzar y que, para colmo, solo podemos ver cuando ya está muerto.