Cartas al director
Lenguas andaluzas
La inefable María Jesús Montero, comisionada de Pedro Sánchez para la reconquista de Andalucía, ha prometido en un acto preelectoral hacer una ley reguladora de las lenguas andaluzas para dignificarlas. Qué pena que mi amigo José María Pérez Orozco, descubridor del «no ni na» y fino analista del «viva el Batís manque pierda», haya traspasado, aún joven, el umbral de la eternidad, para darle la respuesta oportuna desde su enorme sabiduría.
Para mí que habría empezado por advertir a Marisu que la andaluza no es una lengua. Ni siquiera un dialecto. Ni falta que hace. Orozco, catedrático de lengua, la definía como un «habla» con multitud de variantes a lo ancho de la geografía andaluza. Nada tiene que ver el ceceo de Utrera con el seseo sevillano a pesar de la proximidad geográfica, ni la «e» abierta de Córdoba con la hache aspirada de Jaén.
He relatado ya, perdón por la autocita, la anécdota de un amigo de mi padre, debió ocurrir en los cincuenta, que aprovechó un viaje a Madrid para tirar una cana al aire según la tradición de la época. Al preguntarle la pecadora de turno de dónde era respondió para confundirla que de Huelva, a lo que ella respondió que era de Palma del Río. Sorprendido, inquirió la razón de su sabiduría y se la dio de la manera más convincente: «Hablas igual que mi novio, que es de tu pueblo».
En todo caso, Marichu confunde el culo con las témporas porque su oratoria no es censurable por el acento, como no lo es el de un gallego o un valenciano en el lenguaje de Quevedo. La paisana no ha advertido que su problema no es el lenguaje, sino sus modos de verdulera, con perdón de las vendedoras de los mercados de abastos, que se cuidarían mucho de trasladar su habla más allá de su puesto de trabajo.
Los andaluces no somos pregoneros de una mercancía averiada ni tenemos que avergonzarnos de nuestra habla, como Marichu afirma para victimarse. No hay un acento andaluz más bello que el de Felipe González, más preciso que el de Alfonso Guerra ni más culto que el de Julio Anguita sin salirnos de la política. Desconozco el acento de los hermanos Machado, pero me malicio que no perdieron su sevillanismo oral mamado en un patio de Sevilla.
Lo que pasa, ya digo, es que no cabe confundir los términos, tal como lo haría también la ministra Magdalena Álvarez, de origen malagueño, que se lamentaba de ser objeto de choteo por su lenguaje en el Congreso de los Diputados a causa de su acento, sin caer en que el cachondeo era debido a su media lengua que le impedía pronunciar las «eses» ni siquiera para pluralizar.
Marichu, después de tantos trienios en la política, debería darse cuenta de que su problema no radica en su pronunciación trianera nada censurable, sino en su argumentación ramplona, su gestualidad histérica y los aplausos descompuestos que propina al líder desde su asiento en el Congreso de los Diputados acompañados de continuas muecas nada delicadas a la oposición en el uso de la palabra como si estuviera en una corrala.