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Cartas al director

Un monumento y un premio Nóbel

No soy experto en geopolítica, ni falta que hace; sí conozco a fondo, por mi profesión, los ideales de la Ilustración; por eso propongo que se levante un monumento en cada país a Epstein y que se cree un Nóbel para el mártir de la pederastia.

La impresión, cada vez más firme, es que el tal Epstein no era más que una marioneta (quizás trimillonaria) de eso que llaman el Estado profundo. Él fue el encargado de enfangar a todos (o casi) los líderes de Occidente, de modo que no hubiera más remedio que quitarlos de en medio. Si estuvieron en el «jardín de las delicias», no importa; lo que importa es que hayan sido fotografiados con menores y con el propio Epstein. O sea, se trata de dar un «golpe de Estado» a nivel mundial y, de paso, acelerar la admisión –e imposición– de la pederastia. Cuando la ONU lo logre, Epstein pasará a ser, no el primero en Europa, sino en el mundo; la liberación sexual de la mujer debe completarse con la liberación sexual de la infancia (aunque aún no se le haya despertado el instinto sexual).

¿Qué haremos con los que ya han sido condenados por pederastas? Pues como con los etarras: darles el poder, rehabilitarlos y ponerlos como modelos a seguir. Así habremos llegado a eso que llaman «democracia plena». ¿Corrupción de menores? No. Corrupción de mayores, corrupción total: libertad absoluta.

Rafael Corazón González

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