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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Oye, Yamal, si no te gusta España…

Un poco cansino este rollito de jugar con nosotros como quien nos está haciendo un favor

Lamine Yamal, de 18 años, es un superdotado del fútbol, sin duda. Un talento precoz que debutó con el Barcelona con poco más de 15 años y con España, a los 16. En un fútbol cada vez más robótico y soporífero, donde todo está medido y preconcebido y se abusa del pase corto hasta el bostezo, este chaval ofrece una chispa y una creatividad que ya no abundan. Por eso es una suerte que semejante fenómeno juegue para España, su país, pues aquí nació y aquí ha vivido siempre (al igual que su padre y su madre, que llegaron de Marruecos y de Guinea a los tres años).

Sin embargo, satura un poco que nuestra gran estrella se sume a la selección española como perdonándonos la vida, como quien nos hace un favor, mostrando un nulo afecto público por la elástica de su país. Su último gesto ha consistido en que ha pedido que le graben en las botas con que disputa el Mundial las banderas de los países de origen de sus padres, la marroquí y la guineana, pero ni rastro de la suya, la española.

Lamine Yamal Nasraoui Ebana, que así se llama, tiene mucho mérito. Nacido en el cinturón de la Gran Barcelona, su padre, un pintor de edificios de carácter polvorilla y bocazas, y su madre, camarera en cadenas de comida rápida, se separaron cuando él tenía solo tres años. Al salir del cole, el niño Yamal se pasaba la vida jugando al fútbol en la plaza suburbial de su pueblo. La familia pasó estrecheces y algunos meses salieron adelante con ayudas de un programa de Unicef. Pero su inaudita soltura con la pelota llamaba tanto la atención que cuando tenía solo seis años el Barcelona reparó en él, lo fichó y se lo llevó a la Masía. El resto ya es historia.

No vamos a pedir que Yamal tenga la templanza de un Séneca, la profundidad de un Sócrates y los modales de un joven gentleman de Eton. Es muy difícil que a un chaval de barrio que apenas tiene estudios y que a los 18 años gana más de 20 millones anuales no se le vaya algo la pinza y a veces no haga un poquito el gili. Pero lo que sí le podemos pedir es que si ha decidido jugar con España y no con Marruecos sea consecuente con su decisión y muestre un poco de cariño por la camiseta que él mismo ha elegido (aunque es cierto que cuando se decantó declaró que sentía que tanto Marruecos como España eran sus países y reconoció que lo que le había decidido por el combo español era la posibilidad de disputar la Eurocopa).

Las selecciones nacionales, todas ellas, encarnan la ilusión de un país, y muy especialmente cuando se disputa un Mundial, el gran escaparate cuatrienal. Y lo que nadie quiere es tener representantes desganados.

El californiano Joe DiMaggio, el gran símbolo del béisbol estadounidense, era hijo de dos inmigrantes sicilianos que toda la vida hablaron en italiano en casa. Pero abrazó la cultura y los valores patrióticos de su país, como Sinatra o Dean Martin, hijos también de italianos. Bob Dylan, el mito de la contracultura estadounidense, procede de abuelos judíos ucranianos y lituanos. La madre del presidente actual de Estados Unidos, Mary Anne McLeod, era una escocesa que llegó a América a los 18 años. Pero todos ellos se sintieron con plena convicción miembros de la gran República que había acogido a sus familias y donde habían nacido y se habían formado. Nadie aceptaría ni entendería un desdén hacia su país.

Así que eres muy bueno, Lamine, buenísimo… pero si no te sientes ilusionado jugando con España, lo tienes fácil, puedes irte con la música a otra parte. Echaríamos de menos tu magia, pero sobreviviríamos. Recuerda, chaval: el afecto es un camino de ida y vuelta. Has estado muy bien no sucumbiendo a la presión asfixiante del separatismo catalán. Pues sigue por ahí, y a ganar el Mundial con España.

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