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Cartas al director

Espíritu del entendimiento

Los animales de cada especie se comunican entre sí. Se entienden. Y así lo llevan haciendo, en cualquier latitud, desde siempre.

Curiosamente, no es el caso del ser humano. Su lenguaje ha evolucionado y sofisticado. Pero no le ha servido para un entendimiento universal, sino todo lo contrario.

Sin embargo, es capaz de sentir como sus semejantes, entender sus sentimientos y de comunicarlos con otros lenguajes, que –esta vez sí– son universales. Por ejemplo, a través de expresiones artísticas como la pintura o la música, a veces complicados.

La naturaleza también habla. Los humanos descubren y comprenden lo que les cuenta. Y ante su armonía, su belleza, su fuerza y su grandeza se embelesan de la misma manera.

¡Qué decir de la expresión corporal! ¡Cuánto declaran las miradas, los gestos y los rasgos de la cara! ¿No transmiten alegría o tristeza; euforia o depresión; dolor y preocupación; sorpresa y temor; cercanía y amabilidad; desconfianza y alerta; afirmación o negación...?

Incluso, el lenguaje hablado, ¿no sigue en todo tiempo y lugar las mismas pautas? En su estructura hay siempre un sujeto, que realiza la acción; un verbo para decir lo que se hace o se quiere; un cuándo: pasado, presente o futuro; un cómo…

También su entonación es inteligible en cualquier idioma, aunque no lo entendamos. Y expresa perfectamente cariño, amabilidad, aceptación o rechazo; intención conciliadora o amenazante; reproche, odio, burla, desprecio, indiferencia...

Hasta los bebés, que no articulan palabra, saben hacerse entender con su sonrisa o su llanto.

¿En qué lengua se entenderían Adán, Eva y su Creador?

No consta que cambiase tras su expulsión del Edén. Ni que el Diluvio la extinguiese.

¿Qué cambió en Babel? (Gen. 11, 1-9) ¿Se pensó grande el hombre prescindiendo de Dios?

¿Y, siglos después, qué ocurrió en Pentecostés (Hch. 2, 1-11), para que hablantes de distintas lenguas escuchasen en la suya lo que les decían en una extraña?

Solo el Espíritu es capaz de crear esta familia universal de Dios, que habla todas las lenguas y, sin embargo, habla una sola lengua. (Benedicto XVI, en El Señor nos lleva de la mano, Ed. Encuentro).