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Cartas al director

Las pancartas y las soflamas huecas

Puedo confesar y confieso que fui de los jóvenes que en 1991 salió a la calle para gritar el 'No a la guerra', cuando Irak invadió Kuwait. Lo reconozco y confieso que me avergüenza un poco. En mi defensa aportaré que era un adolescente con ganas de hacer novillos y que mi padre me había contado historias de gente que se jugó la vida (muchos la perdieron) por ideales dignos y por la democracia, durante la Transición, que comenzó a ser denostada, según mi parecer, por un presidente cuya abreviatura recuerda a una marca de mata-cucarachas: ZP.

También he escuchado siempre de mi padre que, cuando se reunían varios en la creación de una cooperativa agraria, había de estar presente la pareja de la Guardia Civil para certificar que no se hablara mal del régimen.

Por tanto, en los Noventa, quise ejercer mi derecho a manifestarme y la verdad es que no me sentí muy bien tras la experiencia: demasiada cuentitis, excesiva hipocresía y muchas pancartas vacuas, con eslóganes infantiles. Otro asunto eran los malos olores corporales de algunos de mis acompañantes, que apuntaban maneras y que luego asumieron su papel como líderes de algunos partidos, que triunfaron hace más de una década y que se han autodestruido, como todas las purgas soviéticas.

Me fui enterando, a mi pesar, de cómo funciona el destartalado ajedrez del mundo, podrido por los intereses económicos y espurios. Y lo hice leyendo mucha prensa, de todas las ideologías políticas posibles. Escuchar diversas radios también me ayudó sobremanera.

He de añadir que no me avergüenzo de haberme manifestado contra ETA, cuando todavía estaba en activo. Ahora matan ideas y muchos asesinos y sus adoradores se ríen de las víctimas.

Ninguna persona cabal puede situarse a favor de la guerra, pero tampoco hemos de obviar lo que ha hecho con los derechos humanos una panda de sátrapas radicales.

Me aburren soberanamente los odiadores y los anti-algo: ocupan demasiado tiempo en intentar hacernos creer que sus valores son los correctos y los de los demás pura basura.

Nuestro esferoide oblato es lo suficientemente complicado como para ir lanzando soflamas infantiles y presumir de superioridad moral con chapitas y pancartas huecas.

Quizás confíe en exceso en la humanidad, pero todavía admiro a los activistas que se arriesgan a diario, contra dictadores y abusones o contra quienes les niegan su derecho a ser libres, mas esto no es una película en la que existen buenos y malos. Que no nos engañen. Si alguien me ofreciera hoy en día una chapa, le daría un euro, para que se lo gastara en globitos o en chuches, y le diría que no quiero estropear mi camisa con un agujero.

Pedro José Baños Márquez

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