Cartas al director
Normalizar la guerra
No vivimos en un mundo en paz. En pleno 2026 hay decenas de conflictos armados activos en todo el planeta, desde guerras entre estados a luchas internas y prolongadas que nunca parecen acabar. Vivimos el nivel más alto de violencia organizada simultánea desde la Segunda Guerra Mundial, aunque no siempre bajo el foco de los grandes medios.
Entre esos conflictos, varios superan las 10.000 muertes violentas anuales, como la guerra de Ucrania, la crisis regional en Medio Oriente —que involucra a Israel, Palestina y actores vecinos—, la guerra civil en Sudán o las insurgencias en Myanmar y en partes del Sahel africano.
Cada uno de estos conflictos tiene nombres y apellidos: hombres, mujeres y niños que no solo mueren en el fragor del combate, sino que quedan marcados por años de hambre, enfermedades, desplazamiento o traumas gigantescos.
Más de 200 millones de personas viven hoy en zonas controladas o disputadas por grupos armados, con un acceso muy limitado a servicios básicos.
En muchos casos, la ética mínima que defendía la filósofa Adela Cortina —esa base compartida que debería regir la convivencia humana— se ignora por completo. Las decisiones políticas priorizan intereses geoestratégicos o económicos antes que la vida humana concreta. Eso no es solo una falta de ética, es una falta de humanidad.
La muerte no termina cuando cesan los bombardeos; continua en el hambre, el desplazamiento y las generaciones que crecen en miedo. Tal vez deberíamos exigir menos discursos y más acción real que ponga primero a las víctimas.