Cartas al director
Con las Fuerzas del Estado
En todas partes hay chusma.
Eso no es nuevo. Hay delincuentes en los barrios, en las carreteras y también en los despachos donde nadie levanta la voz. Gente capaz de arruinarle la vida a otro por dinero, por egoísmo o simplemente porque sí.
Pero también hay algo que mucha gente olvida demasiado rápido: hay personas que se juegan la vida para que los demás podamos vivir tranquilos.
Para que nuestros hijos puedan volver solos a casa. Para que una familia pueda dormir sin miedo. Para que haya menos criminales en la calle y menos impunidad.
Y no hablo de héroes de película, hablo de gente normal que trabaja de madrugada, que entra donde otros salen corriendo y que muchas veces vuelve a casa cargado con cosas que nadie ve.
Claro que hay malos profesionales también, como en todos lados. Hay sinvergüenzas en cualquier oficio, pero reducirlo todo a eso es injusto y muy fácil cuando nunca te ha tocado ponerte delante del peligro.
La inmensa mayoría de la gente solo quiere vivir tranquila, poder caminar sin miedo, conducir seguro, dejar que sus hijos crezcan en paz. Y eso no ocurre por casualidad.
Ocurre porque todavía queda gente dispuesta a dar la cara cuando es necesario.
Estos profesionales imprescindibles merecen respeto, reconocimiento y apoyo real para seguir protegiendo a la sociedad.
Negarles visibilidad o despreciar su labor es un acto de profunda injusticia.
La falta de humanidad, incluso ante su sacrificio, evidencia una grave carencia ética.
Ninguna institución debería tolerar semejante nivel de indecencia.