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Cartas al director

Un escándalo tras otro

La política española viene atravesando desde hace años un proceso de degradación pública que empieza a resultar preocupantemente normal. Se viene sucediendo una semana sí y otra también con nuevas filtraciones, investigaciones judiciales, complejas comisiones parlamentarias –que realmente tienen poco de utilidad, más allá de airear públicamente alguno de los asuntos polémicos– o cruces de acusaciones que elevan la tensión. Con la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en el marco del caso Plus Ultra, el deterioro institucional ha vuelto a quedar expuesto de forma descarnada. El expresidente del Gobierno es, no en vano, una de las figuras más influyentes del socialismo español de las últimas décadas y un dirigente que tras salir de la Moncloa ha mantenido un papel activo en la política nacional e internacional. Y por más que desde el Gobierno se trate de reducir todo a una ofensiva de la oposición o a una estrategia de desgaste, la gravedad política del escenario es real.

Al margen de los juicios públicos, la presunción de inocencia existe, y no toda acusación ha de convertirse automáticamente en culpabilidad. Pero, en cualquier caso, resulta imposible ignorar el desgaste político que provoca ver desfilar de nuevo términos como comisiones, rescates bajo sospecha, intermediarios, favores políticos, teléfonos desechables o empresarios que aseguran haber tenido acceso privilegiado al poder.

Escuchar conversaciones y declaraciones que son más propias de otro tipo de regímenes, parecían superadas. Y mientras esta realidad sigue sucediendo, incluso creciendo, la reacción política vuelve a ser la misma de siempre. El Gobierno se atrinchera y habla de persecución. La oposición convierte cada novedad judicial en munición inmediata. Y muy preocupante es que los socios parlamentarios guarden ese incómodo silencio mientras sostienen al Ejecutivo, quizás porque llevan años construyendo su proyecto político precisamente sobre la idea de una España debilitada, cuestionada y permanentemente tensionada. El caso es que al final el debate público termina reducido a una batalla de bloques donde no hay que aguardar al final para tomar posición. Los escándalos, las sospechas y los enfrentamientos terminan enfangando todo, desde la credibilidad de las instituciones hasta la confianza en la política, alimentando entre la opinión pública la sensación de que el poder vive alejado de la ejemplaridad que exige a los demás.

Genaro Novo

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