Cartas al director
La joya del Nilo
Este es el título de una película de los años ochenta protagonizada por Michael Douglas, Kathleen Turner y Dani DeVito, entre otros. El argumento es sencillo: un escritor aventurero, su mujer y un amigo buscan una famosa joya que nadie ha visto por el desierto del norte de África.
Sin ánimo de hacer spoiler, al final encuentran la joya y, para su sorpresa no se trata de un zafiro, ni una esmeralda ni ninguna otra piedra preciosa. Resulta ser un hombre, una especie de santón al que todos respetan y que actúa como guía espiritual de la población local.
Algo parecido a lo que fue Zapatero, no solo para los socialistas, sino para toda la izquierda. Digo «fue» porque, después de todo lo que vamos sabiendo, nadie lo seguirá, ni lo reconocerá ya como el faro de la izquierda, y menos aún si llega a ser condenado y tiene que entrar en prisión.
La Justicia española, cuando toma cartas en el asunto, no suele soltarlo, aunque tarde años. Tarde o temprano sabremos la verdad sobre este personaje, que parecía un dechado de virtudes y que, por lo que se va conociendo, podría ser una auténtica «joya», con sus supuestos cobros de comisiones, sus joyas guardadas en la caja fuerte y sus amigos con billetes escondidos por los lugares más inverosímiles de su casa.
Nada de esto habría sido posible si el Gobierno no hubiera colaborado con él. Como siempre, Pedro Sánchez se pone de perfil y se aparta, pensando que el fango no le va a salpicar. Pero no es barro lo que lo cubre, sino algo más oscuro y que huele mucho peor.