Cartas al director
El niño tonto: todo para su madre, nada para los demás
Tengo una hija extravagante. Ahora duerme plácida con el pie en la cabeza; otras, haciendo el espagat. No puede llevar barefoot, tampoco sabe caminar. Las prisas no van con ella, participa de la eternidad. Sus tiempos no son los de los demás. Sus contemporáneos corren, saltan, juegan, escalan, hablan y chantajean. Mi hija sonríe sin escatimar. Celebra sus logros día a día, aplaude cada éxito y busca complicidad.
Ma ma ma. Pa pa pa. Palabras. Logos. Significado. Relación con el mundo y con los demás. Su palabra es el amor, porque no sabe decir más. ¿Dirá? ¿Aprenderá? ¿Caminará? Probablemente sí, pero de forma diferente a los demás.
–«Hombre, niña extravagante, otra vez tú por aquí». Nos saluda la doctora en las urgencias del hospital. Me gustan las extravagancias de mi hija y disfruto de verla avanzar. Pero hay niños que no avanzan, que nunca caminarán. Ni hablarán. Y aquí están. Bienvenidos, extravagantes. Gracias. Nada más que vosotros en este mundo nos ayudan a entender que no todo en la vida es construir y producir.
Hay cientos de niños en España con enfermedades graves y grandes discapacidades que precisan cuidados constantes y permanentes. Nada es mejor para ellos ni más económico para el Estado que ser cuidados día a día por sus propios padres, ahorrándonos a todos ingresos hospitalarios que cuestan miles de euros a la Seguridad Social. Preservemos la CUME, último bastión de defensa de la vida en su dignidad original. Cuidemos al sector más vulnerable de la sociedad: el niño discapacitado o gravemente enfermo. No tienen la culpa, pero cargan con el mal. Permitamos que los extravagantes puedan conocer el lenguaje del amor, auténtico vínculo con el mundo, ayudando a sus padres a no tener que elegir entre su cuidado o un sueldo.