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Cartas al director

¿Por qué vivir?

Alida Azabal Martín tiene 25 años y vive en Rincón de la Victoria (Málaga). Padece dos enfermedades genéticas degenerativas y sin cura: una enfermedad mitocondrial neurodegenerativa y el síndrome de Aicardi-Goutières, que le provocan dolor constante, cansancio extremo y continuas visitas al hospital. La eutanasia le fue concedida en noviembre de 2025, pero no le puso fecha: antes quería cumplir dos de los más de cincuenta deseos que su madre, Virginia, había ido anotando desde que era niña: bañarse con leones marinos en Río Safari de Elche y visitar el Oceanogràfic de Valencia. Gracias a la solidaridad de mucha gente, en julio logró bañarse con los leones marinos. «Hacía tiempo que no la veía tan feliz», contó su madre. Y después de cumplirlos, Alida ha vuelto a aplazar la eutanasia.

Lo que más me ha llamado la atención no son esos sueños, sino lo que ocurrió después: descubrir que todavía quedan ilusiones por vivir y motivos para levantarse cada mañana.

Con demasiada frecuencia damos por hecho que el sufrimiento hace inevitable el deseo de morir. La experiencia humana es más profunda. Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración, escribió que quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. El sentido no elimina el dolor, pero transforma el modo de afrontarlo.

Quizá esa sea la gran pregunta que esta historia plantea. No basta con preguntarnos cómo aliviar el sufrimiento: también cómo acompañar, sostener y ofrecer esperanza.

Como Iglesia, estamos llamados a recordar que toda vida posee una dignidad infinita y que nadie debería sufrir en soledad. Como Estado, el reto es garantizar cuidados paliativos de calidad y una verdadera red de apoyo social. Y como sociedad, todos tenemos parte: a veces un motivo para vivir no es un gran proyecto, sino una conversación, una visita, una mano tendida o la certeza de que alguien nos espera.

Antes de preguntarnos cuándo alguien quiere morir, preguntémonos si hemos hecho todo lo posible para que descubra que aún merece la pena vivir.

Javier Rihuete

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