Cartas al director
Ceuta, Bayreuth y la ilusión del instante
El sosiego posterior a las turbulencias concede la lucidez del distanciamiento. Lo acaecido el pasado 2 de septiembre en el sevillano Teatro de la Maestranza desborda el mero percance doméstico: fue una parábola sobre la decadencia contemporánea. Con Pablo Heras-Casado al frente de la orquesta de Bayreuth, prestos a erigir la basílica sonora del Götterdämmerung, el cataclismo lírico no sobrevino por la fuerza trágica del arte, sino por el prosaico chasquido de un automático. La majestad del mito mutó en un instante en sainete a oscuras, iluminado por la gélida fosforescencia de los teléfonos móviles. He aquí la rúbrica de la posmodernidad: una era incapaz de arder con grandeza, donde la caída de lo sagrado ya no la decreta el genio, sino la futilidad de un corte eléctrico.
Esta penumbra del patio de butacas guarda una analogía estremecedora con el devenir de las movilizaciones por Ceuta, registradas en esa misma jornada. En la vía pública y en la caldera de las redes digitales, la causa nacional entonó un leitmotiv de encendida vehemencia; mas en cuanto las pancartas se replegaron y el algoritmo amansó la furia, aconteció un silencio idéntico y desolador. La indignación hiperconectada reveló su flaqueza: puro simulacro, un entusiasmo de pantalla que confunde la adhesión real con el aplauso voluble y que se extingue al dispersarse la muchedumbre.
Ambos episodios, contemplados con el poso de estos días, nos colocan ante una sociedad aquejada de abulia, acostumbrada a fiar sus altos empeños —estéticos o patrióticos— al oropel de la tramoya. Cabe preguntarse qué nos aguarda cuando los bastidores se desploman y la algarabía nos abandona al vacío.
Empero, sobre el colapso de la escenografía no acontece el abismo, sino el instante sagrado de la redención. Como en el misterio de Parsifal, donde la luz inmarcesible del Grial solo se desvela en la quietud de Montsalvat para sanar la herida de un mundo estragado, la dignidad de la nación jamás ha dependido del artificio ni del aplauso movedizo. La España auténtica habita en el santuario callado del deber, en la permanencia de unos principios invictos que no conocen apagón ni obsolescencia. Cuando el simulacro se apaga y la sombra abruma, es esa fe incorruptible la que disipa la penumbra, entonando, victoriosa sobre el caos, el leitmotiv redentor de nuestro mañana.