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Cartas al director

Cuento final

Cuando se empieza a razonar a partir de falsedades podremos encontrar cualquier cosa menos la verdad.

En su afán de penalizar el golpe de Estado de los independentistas catalanes lo menos posible, el Tribunal Supremo descendió los hechos hasta convertirlos en «ensoñación» y tipificarlos como sedición en vez de como rebelión. O sea, negó que hubiese violencia, cuando todos la vimos desde casa por nuestro televisor.

Pedro Sánchez afirmó de aquella que era rebelión.

Pero he aquí que necesitaba los cuatro votos de Junts para ser presidente del Gobierno. Y Junts a cambio pidió la amnistía.

En el texto de la amnistía, también se recoge una falsedad como un piano: que tenía la finalidad de llevar la conciliación a Cataluña.

Vox se atrevió a llevar al Supremo la caradura antijurídica de un pacto que compraba, con una amnistía que no existía en nuestro Derecho, la mismísima Presidencia del Gobierno.

Y el Supremo despachó la cuestión afirmando que un acuerdo político no puede ser delictivo. Con eso quedamos todos en manos de los políticos y sus ocurrencias.

Tras esta sarta de afirmaciones cobardes y alejadas de la verdad, el TJUE y el Constitucional apelan a esa «finalidad escrita» de la norma. Que quizá Europa se la haya creído pero aquí sabemos la verdad.

Sinceramente, creo que ya es hora de que Puigdemont vuelva a España.

La pena es que su regreso nos haya costado cuatro años de gobierno paralizado y volver a ver al Constitucional enmendando la plana a nuestro Tribunal Supremo.

Porque si hay una verdad en todo esto es que el Tribunal Constitucional no puede, aunque lo haga, corregir la interpretación de la ley que haga el Supremo.

Y fin.

Teresa Rivera Iglesias

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