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Cartas al director

La estrella de Nacho

Hay personas que pasan por la vida dejando una estela imborrable, y Nacho era, sin duda, una de ellas. Nos ha dejado el 29 de septiembre, y no podía ser de otra manera: eligió la fiesta de los tres grandes arcángeles —San Miguel, San Gabriel y San Rafael— para que le hicieran de escolta de honor en su viaje directo al Cielo, al encuentro con Aquél a quien tanto quiso y por quien movió cada uno de sus días.

Como numerario del Opus Dei, hizo de la vocación y del servicio algo cotidiano, pero lo hizo con esa marca tan suya: una mezcla exacta de profunda entrega y un sentido del humor a prueba de bombas. Durante muchísimos años fue el alma de las aulas en el Colegio El Tomillar, enseñando Física no como una materia aburrida de fórmulas en la pizarra, sino como la aventura más apasionante del mundo. Tenía una paciencia infinita y un cariño gigante por sus alumnos, a quienes contagiaba una ilusión desbordante.

Y si había algo donde Nacho era sencillamente imbatible, era en las Ferias de la Ciencia. Verle con los más pequeños era un espectáculo. Tenía un ímpetu contagioso y, para ganarse a un niño y despertarle la curiosidad, Nacho no conocía el orgullo: si para explicar un experimento o sacarle una sonrisa a un chaval tenía que hacer «el mono» –literalmente–, lo hacía con la mejor de sus sonrisas. En el Club Puentenuevo fue un pilar fundamental, siempre al pie del cañón contagiando el amor por el estudio, inventando experimentos y haciendo que aprender fuera siempre una fiesta.

Pero el corazón de Nacho siempre tenía la vista puesta un poco más arriba. Su pasión por la astronomía era absoluta; se conocía cada astro, cada rincón del firmamento, y disfrutaba como nadie admirando las maravillas de la Creación. Nos queda el consuelo de saber que le echaremos de menos en la próxima Feria de la Ciencia, en la siguiente lluvia de Perseidas, en los eclipses, en el paso de cada satélite y en el brillo de cada planeta...

Seguro que a estas horas ya le está explicando a San Miguel la Física que hay detrás de un rayo, o montando un club de astronomía entre las nubes. Nos dejas un vacío enorme, pero nos queda la promesa de que, cada vez que levantemos la vista en una noche despejada y miremos a las estrellas, te veremos allí, guiñándonos el ojo entre ellas.

Gracias por todo, Nacho. Nos veremos.

Pedro José Román Prieto

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