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Cartas al director

De Goya a Lepanto

Convocadas las urnas, la nave de España se ha vuelto un gallinero con aparejo. En cubierta, la tripulación se da a la voz destemplada y al puño en alto: unos braman contra babor, otros contra estribor y todos juran que el otro bando trae la peste en la bodega. Es la España de Goya, la de los dos labriegos hundidos hasta las rodillas, apaleándose a garrotazos sin advertir que el barro les sube. Y el político, farolero de oficio, mueve la luz para que el vecino parezca un ogro y el voto, un salvavidas.

Pero el naufragio viene de más abajo. Bajo la línea de flotación se abre una grieta sin color de partido. Se llama desarraigo y es el espejo de nuestro tiempo: un pueblo que ha olvidado quién fue y no sabe quién es. Quien ignora su nombre, su fe y su historia necesita un enemigo que le diga lo que no es, y de esa carencia nace el maniqueísmo. Mientras los labriegos se apalean, unos pocos sin patria ni arraigo cobran la entrada y se frotan las manos en la popa.

Hoy se cumplen cuatrocientos cincuenta y cinco años de la Batalla de Lepanto, y aquella flota también hacía aguas. La Liga Santa llegó al golfo hecha jirones de sospechas, con príncipes que dudaban y consejeros que aconsejaban esperar. Pero cuando peligró lo que éramos, un joven bastardo de emperador mandó engalanar la Real y tras él fueron unos cuantos hombres, un soldado de brazo inútil entre ellos, que no hicieron cuentas con la prudencia. Nadie preguntó al compañero de banco de qué reino era; bastó saber que remaba por lo mismo.

Así se salva un pueblo cuando zozobra: no por la clarividencia de quien gobierna, sino por la hidalguía de unos pocos que, sabiendo quiénes son, deciden bogar con arrojo, con porfía y con la honra por bandera.

José Luis Carretero Pulido

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