Cartas al director
¡Viva el Rey!
Les puedo asegurar que desde que empecé a tomar conciencia política, allá en los magníficos años de la Transición, siempre he tenido la convicción de que para la España que somos, esa España negra de Goya, la de la guerra entre hermanos; lo mejor que nos podría pasar es tener un rey con temple que pudiera capitanearnos al ejército y a los españoles por la senda de la prudencia.
Mi teoría era que un señor que lleva sobre sus hombros el peso de la Corona, con mayúsculas, y el de todos sus antepasados, y al que supuestamente no le ha de faltar para sus gastos, no puede jugar con el respeto y esperanza que en él han puesto millones de ciudadanos. Sí, es justo reconocer que se han dado casos que bien podrían servir para confirmar la regla, pero ese es el sesgo que genera el propio factor humano.
A tener en cuenta que la alternativa en España sería nombrar un jefe para el Estado «de partido» lo cual, visto el sentido institucional que tienen, es como para pensárselo. González, Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez… Solo son considerados buenos para los que les han votado. O, ya puestos, se podría pensar en un candidato de consenso: Cualquier rufián o cualquier (M) conde o, ya puestos y tal y como se está poniendo de moda en Sudamérica, la esposa de alguno de aquellos. A tener en cuenta que cualquiera de ellos sería capaz de darnos una clase magistral de cómo ningunear y avasallar al rival político, o de cómo hacer un precioso muro (¿quirúrgico?) a la oposición pero, ¿de verdad que es eso lo que queremos?
Parece que no está, pero está. Y no son pocas las veces que un rey de España nos ha tenido que sacar las castañas del fuego y poner orden. Y funciona. Sobre todo porque en esos puntuales momentos de vértigo los españoles hemos sentido con orgullo que alguien hablaba realmente en nombre de todos nosotros con la fuerza que nosotros mismos y la Constitución le hemos dado.
Como dicen por allá arriba, Dios salve al Rey. Por muchos años.