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Cartas al director

Disruptivo

Cambio brusco o radical. Suena mucho ¿verdad? Ya no es nada especial.

Considero que vivimos en disrupción y no es una elección. Es la casi única opción desde el despertar que lleva a dudar siempre de que lo tuyo no es lo que debe ser y lo de los demás es posible que tenga el mismo parecer.

Si paramos a pensar con algún sosiego, afrontas disrupciones continuamente. Los apagones eléctricos, las invasiones de tu espacio, las invasiones del espacio de todos, las ausencias de respuesta a tu cotidianidad, lo que ves en medios, la muerte inesperada en las vías del tren o por agua desbordada. Todo es radical y brusco. Nada está despejado de dudas, nada está claro y sin sospechas. Es a diario.

Aquello que te quieres explicar está siempre impregnado de disrupción. Dime sino lo de los cambios de opinión de la que, al principio no hay dudas, y luego se troca para tomar otra visión.

Ante ausencia de respuestas, al menos compresibles, surge una necesidad: el espacio de lo dado, «la zona de confort», como condición indispensable para dejar de ser disruptivo. Pero el bucle ya está servido.

Muy bien. Heidegger lo deja fetén en Ser y tiempo: traicionas a tu auténtico individuo cuando te infieres las manías ajenas. Y te das cuenta apenas.

Asch describe el dolor que produce mostrar autenticidad en contra de la opinión del grupo; es la necesidad de pertenencia. Comienza aquí la «cultura de la cancelación». Para alcanzar likes necesitamos ser «autentificados». Y un poco mas allá, entre lo que sentimos y como actuamos, se dirime la salud mental. Por «autentificarnos» enfermamos.

Sócrates lo contaba, lema de Delfos: «conócete a ti mismo». Conoce tu ignorancia. La autenticidad no es el capricho ajeno, es la excelencia propiamente dicha.

Félix José Martín Gallardo

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