Fundado en 1910

Cartas al director

La indecencia de permanecer

Es indecente que la vida se esfume de esta manera.

Es indecente que la muerte haya vuelto a anidar entre raíles y catenarias, 9 meses después.

Es indecente que el último suspiro de alguien quede atrapado entre un amasijo de hierros.

Es indecente pensar en las conversaciones que quedaron pendientes, en las cenas que nunca se celebrarán, en los abrazos que ya nadie podrá devolver.

Es indecente que viajar se haya convertido en un ejercicio de lucha contra el miedo.

Es indecente, y doloroso, escuchar el llanto desconsolado de quien no encuentra a los suyos. De quienes llaman a un teléfono que ya nadie contesta.

Es indecente que, para liberar su culpa personal, filtren audios para responsabilizar al centro de control. Y más indecente aún, achacar lo ocurrido, exclusivamente, a un error humano.

Es indecente escuchar que «no es momento de pedir cabezas». Porque, al parecer, nunca es momento de asumir responsabilidades. Nunca es momento de dimitir. Nunca es momento de dar explicaciones. Siempre hay una excusa, una cortina de humo, un subordinado al que señalar y una silla a la que aferrarse.

Es indecente que la dignidad de las víctimas tenga que convivir con la indignidad de quienes deberían responder ante ellas.

Y es indecente, insoportablemente indecente, lo que están haciendo con este país.

Si les queda algo de honradez, que lo dudo, márchense. Por el simple hecho de que las víctimas, o sus familias, no tengan que volver a ver su cara en ninguna pantalla, escuchar sus excusas y presenciar esa grosería y chulería que ni siquiera la muerte parece capaz de doblegar.

Pero claro, van justos de decencia y nulos de humanidad.