Degradación democrática
Sin embargo, anotemos quiénes procuran ese enconamiento. Sepamos que realmente no buscan el bien común de la sociedad. No van a defender a España y al conjunto, solo a los intereses propios. A la larga, todos nos veremos perjudicados, los unos y también los otros.
Que cada persona en la vida social sólo pueda elegir entre una píldora roja y otra azul, como en Matrix, supone un empobrecimiento político.
El juego de opciones y alternativas es parte del transcurrir de la sociedad en su desarrollo social, político y económico. Es estadísticamente imposible que las opciones ideales que se podrían ofrecer sean sólo dos y que todos tengamos que elegir solamente entre ellas. Evidentemente, el funcionamiento ágil y eficaz de una sociedad no puede manejar una multitud excesiva de opciones, pero tiene que favorecer el enriquecimiento de alternativas que cubran el espectro ideológico y de posicionamientos del arco iris de una sociedad.
El equilibrio de opciones suficientes de una democracia rica supone evitar una fragmentación desproporcionada perjudicial de la gestión política y a la vez evitar también la opción de dos únicas alternativas normalmente excluyentes.
En condiciones de equilibrio de opciones, estas se esfuerzan en atraer al electorado. Proponen sus políticas, y tratan al electorado como maduro e inteligente, aunque parcialmente manipulable. Tratan de que aquellos que dudan se inclinen por la mejor opción que se les presenta.
En otras ocasiones, como las actuales, esta circunstancia no se da. La tensión que se palpa ha provocado una deriva hacia la polarización. Una polarización que lleva a la acusación en lugar de a la proposición, y a que no existan espacios intermedios ni opciones alternativas, degradando la riqueza democrática.
El fenómeno de la polarización busca que el segmento de población más centrado que, en una curva de distribución de Gauss, supone la mayor parte de la población, vea pocas opciones posibles y además alejadas. Esto nos acaba obligando a que tengamos que enjuiciar una opción política como «muy mala» en lugar de simplemente como «un poco diferente» o «aceptable», aunque no sea la primera opción inicial. Desaparecen los conceptos «preferible», «mejor», y el juego de grados entre opciones no necesariamente malas, incluso alternativas que pueden votarse de manera diferente según el contexto y los años.
La polarización hace desaparecer todos estos matices y posibilidades, haciendo que uno se vea deslizándose a posturas cada vez más alejadas de las otras posibilidades o partidos. La brecha se agranda y el electorado, cuya franja se encuentra precisamente ahí, se ve obligado a elegir un bando más que una opción. Todo ello lleva a las peores derivadas dentro de una sociedad: desunión, imposibilidad de acuerdos, entorpecimientos mutuos, odios y rencores. Una degradación de la democracia que debería buscar el bien común.
Un ejemplo grave de esta degradación la tenemos en la forma en que el presidente Rodríguez Zapatero resucitó el guerracivilismo. Generaciones enteras que habían pasado páginas y avanzado en convivencia, tuvieron que releer el libro de la Historia, volver a capítulos anteriores convenientemente reescritos, y volver a decirse «vosotros» en lugar de «todos nosotros». Es un terrible legado. No es la única manera de polarizar, pero quizá sí es la más odiosa cuando se utiliza la sangre derramada de nuestros mayores para dividirnos.
¿Y en qué nos encontramos ahora? Pues en una sociedad harta, pero a la vez manipulada, y desde luego enfrentada. Muchos hastiados con la mentira, la corrupción, la falta de coherencia y de escrúpulos del Gobierno de Pedro Sánchez. Donde sobrevuelan el fantasma del pucherazo de las elecciones del 1936 y el miedo a un nuevo Frente Popular de tristes recuerdos. Ese hartazgo beneficia al Gobierno de Sánchez. Cuanto más harto está un sector de la población, menos ponderado es ese sector y más difícil de servir de puente a otros que no se sienten totalmente identificados con unos ni otros. Cuánto más harto esté un sector y más se radicalice menos atrayente es para muchos. Por ejemplo, los gritos contra el presidente, aunque comprensibles, son contraproducentes si pierden la educación y se convierten en insultos.
Por otro lado, la polarización también secuestra a los propios. Aquellos que siempre te votaron, aunque se tengan que tapar las narices, ven casi imposible votar a otra alternativa porque no hay intermedias y porque la distancia, gracias a la brecha, se agranda y el salto es cada vez más difícil. Es más complejo cambiar un voto hacia «la derechona» que hacia un partido de centro ponderado. Un caso clásico fue el anuncio de los dóberman, que fomentó el astuto Rubalcaba, para asustar con que venía la derecha en el último gobierno de Felipe González.
Entonces parece que estamos en un callejón sin salida. Existe fractura y sensación de emergencia. Si para evitar la dilución del voto ineficaz las opciones se encogen, el ideal de enriquecimiento del panorama para el votante se extingue. ¿Mal menor?
Sin embargo, anotemos quiénes procuran ese enconamiento. Sepamos que realmente no buscan el bien común de la sociedad. No van a defender a España y al conjunto, solo a los intereses propios. A la larga, todos nos veremos perjudicados, los unos y también los otros.
Lo anterior puede ser ilusorio, e incluso ineficaz en el momento actual, pero todos necesitamos saber a lo que hay que aspirar, para no errar el camino. Y estas elecciones no serán las últimas.