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18 de abril de 2024

En primera líneaÁlvaro de Diego

El arte no imita a la naturaleza

La nuestra es una sociedad autorreferencial y narcisista que ha eliminado el pudor, la privacidad y la diferencia. Frente a ello, Byung Chul-Han defiende la herejía de hacerse el idiota para escapar de los consensos y su mordaza alienante

Actualizada 01:43

Que el arte imita a la naturaleza es algo que se cree desde Aristóteles. No puede decirse lo mismo de las nuevas tecnologías. Así opina el más sugestivo pensador de nuestro tiempo. Byung Chul-Han, crítico inmisericorde de la revolución digital, internet y las redes sociales, es un filósofo alemán nacido en Seúl. Su vida y su obra expresan una oportuna mezcla entre Oriente y Occidente. Disgustado con unos estudios que aborrecía e incapaz de plantar cara a sus padres, decidió poner tierra de por medio. Mucha tierra son los casi 9.000 kilómetros que separan Corea del Sur de la patria de Goethe. Deseaba estudiar literatura y dejar muy atrás su título de Metalurgia. Al poner el pie en Heidelberg había cumplido ya veintiséis años y ni hablaba alemán ni había leído prácticamente nada de filosofía. Pocos años después, y tras formarse en literatura, filosofía y teología en Friburgo y Múnich, se doctoraba con una tesis sobre Heidegger, el mayor pensador alemán del siglo XX. Fue su limitación lingüística lo que le había hecho decantarse por la metafísica. Según ha confiado, nada cunde más que leer una escueta página de Hegel al día.
Byung ha denunciado, desde una óptica no marxista, el neoliberalismo digital que fuerza al hombre de hoy a un sometimiento voluntario. La nuestra es una sociedad autorreferencial y narcisista que ha eliminado el pudor, la privacidad y la diferencia. Frente a ello, defiende la herejía de hacerse el idiota para escapar de los consensos y su mordaza alienante. Y lo predica con el ejemplo. Practica la vida analógica que, a su juicio, reconcilia al ser humano consigo mismo. Byung, que nunca cometerá la impostura de cortarse la coleta, no tiene smartphone ni cuentas en redes sociales. Este especialista en estudios culturales aborrece el turismo. Trata a sus alumnos de la Universidad de las Artes de Berlín como lo hacía Platón con los suyos en la Academia. Y cultiva su jardín con la misma parsimonia con la que transcurren sus clases. Sus libros, entre los que se cuentan La sociedad del cansancio, La expulsión de lo distinto o Psicopolítica, resultan apretados breviarios. Por estos misales, balizas para una sociedad alternativa, desfilan con naturalidad Hegel, Kant, Heidegger, San Agustín, Nietzsche, Foucault o Sartre. Con la desnudez de un haiku y la huella de un yámbico de Homero.
En su obra En el enjambre, nuestro autor denuncia cómo el medio digital modifica las imágenes y las embellece para que desechemos una realidad que se nos acaba por mostrar defectuosa; las domestica y transforma en bienes de consumo. La compulsiva y patológica inclinación de los turistas japoneses a hacer miles de fotos enmascara el instinto de protección frente a una realidad más cruda.
Hace unos días visité Covarrubias, la villa burgalesa fundada por el rey visigodo Chindasvinto. Recordaba cómo de niño me había impresionado la Adoración de los Reyes Magos, un conjunto escultórico del siglo XV y autoría anónima realizado en madera policromada. Allí sigue el tríptico, en la misma Colegiata de San Cosme y San Damián donde reposan los restos de la princesa noruega que casó con un hermano de Alfonso X 'El Sabio'. Incluye, como es natural, a la Virgen, rubia como la escandinava desposada con un infante de Castilla, al Niño, San José y los tres Magos que representan a los continentes entonces conocidos. Frente al retablo, pensé que su imagen me serviría para la próxima felicitación navideña y activé la cámara de fotos del móvil. Al momento seis círculos de reconocimiento facial aparecieron en la pantalla. Me fascinó que el software reconociera como humanas las seis cabecitas de la escena. Al bueno de Byung se le hubieran caído los palos del sombrajo. Aristóteles se equivocaba: el arte no imita a la naturaleza. Proyecta al ser humano mismo, que por su boca habla. Nos interpela con un destello de infinito. Hasta las máquinas, que nunca suplantarán a Dios, lo saben.
  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
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