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25 de julio de 2024

En primera líneaJosé Antonio García-Albi

Naufragios

Si no nos tomamos en serio, con rigor y solvencia intelectual este grave problema, al naufragio del batiscafo con los millonarios tendremos que sumar otros muchos de inocentes emigrantes y el nuestro propio como sociedad y ciudadanía

Actualizada 01:30

Poco antes del día veinte del pasado mes de junio, estalló bajo la superficie del océano un pequeño batiscafo, llevándose la vida de cinco millonarios caprichosos interesados en ver los restos del Titanic. Noticia lamentable, desde luego.

Coincidiendo con este hecho tan propio de una sociedad opulenta y desarrollada, durante el día antes mencionado, una lancha neumática con sesenta personas a bordo naufragó cuando iba rumbo a Canarias. Se recuperaron dos cadáveres, uno de ellos de un niño, y desaparecieron treinta y seis personas mientras los servicios de salvamento marítimo de España y Marruecos debatían a quién le correspondía poner en marcha el operativo de rescate.

La noticia la escuché por casualidad en la radio a última hora de la tarde. En la mañana siguiente me quedé asombrado al no verla recogida en la prensa diaria. Todos los titulares eran para los que desparecieron rumbo al Titanic. Reconozco que el accidente del pequeño submarino tiene todos los ingredientes de un notición, por lo que es lógico que la prensa se apreste a la tareas de dar cuenta de esos hechos. Pero la coincidencia de esa noticia con la ausencia en los medios del otro naufragio fue lo que me hizo reflexionar.

¿Qué nos está pasando como sociedad? No es sólo que silenciemos y no tengamos presente las noticias de las frecuentes tragedias en nuestras aguas. Son dramas que hacen que llevemos varios años con cifras anuales de más de quinientos muertos o desaparecidos, incluyendo a niños y mujeres embarazadas solamente en el área de Canarias; habiendo que sumar los del Mediterráneo. Miramos para otro lado poniendo el foco en si hay que limitar o no el número de acogidos. Pero ni hablar de asumir responsabilidades políticas por las miles de vidas truncadas por causa del efecto llamada.

Los estados, toda Europa, tienen varias obligaciones en el tema de la emigración que no están cumpliendo.

Ilustración: inmigración inmigrantes

Lu Tolstova

En primer lugar hay que hacer que los emigrantes lleguen a nuestros países de forma segura. No podemos permitir que la conjugación del efecto llamada, con la actuación de mafias en los países de origen, con la más que dudosa intervención de algunas ONGs y la acción innoble de algún país vecino, provoque miles de muertos al año. Hombres, mujeres y niños absolutamente inocentes, víctimas de una política que vive del marketing. Es muy frecuente escuchar la simpleza de que los emigrantes ayudarán a pagar nuestras pensiones. ¡Qué frivolidad! Para que eso ocurra es necesario que trabajen y coticen y que tengan hijos. Si nuestra economía no crece y no crea empleo no habrá cotizaciones. Y si no aumenta la renta disponible por disminuir la presión fiscal, no se incrementará la natalidad de los españoles, emigrantes o no. Por lo tanto a la obligación de la seguridad hay que añadir, para acogerlos, la de tener capacidad de ofrecer trabajo. La ausencia de dicha posibilidad hace que nos tengamos que ocupar de ellos por medios benéficos, lo que genera un problema de ausencia de integración.

La falta de ganas, el buenismo publicitario está provocando que en España, y en el resto de Europa, no se aborde el problema en su dimensión actual, que ya es importante. Y por supuesto no se estudie la evolución prevista. Lo más normal es que la pobreza que va a generar la agenda 2030 en los países de origen, haga que suba la presión migratoria en los próximos años y por lo tanto, el número de fallecidos en el mar. En lugar de promover el desarrollo de las zonas más pobres estamos favoreciendo su retroceso. A eso no lo podemos llamar progreso, sino una nueva irresponsabilidad de los autodenominados progresistas.

La situación de abandono y desempleo en los colectivos que acogemos, está generando otro problema que tiene dos vertientes. Una es el aumento objetivo de la delincuencia, que en sí mismo es una grave preocupación de orden público. La otra será ver como se canaliza el rechazo a esa violencia. Porque los que ya peinamos canas tenemos criterios y valores ya formados y fuertemente arraigados en nuestra mentalidad. Pero creo que el problema que comentamos nos va a traer unas generaciones futuras fuertemente xenófobas. Los que somos ya mayores sabemos y asumimos que la delincuencia no se produce por haber nacido en uno de los países emisores. Se genera en los escenarios de desocupación, abandono y por no acceder a la educación.

Irlandeses e italianos emigraron masivamente a los Estados Unidos. Y lo hicieron porque ese país les daba la oportunidad de trabajar, labrarse una vida y un futuro. Con la excepción de algún Corleone de turno, los demás fueron buenos ciudadanos, trabajadores, pagadores de impuestos y padres de nuevos estadounidenses. Los españoles hicimos lo propio con las entonces florecientes economías hispanoamericanas, como Argentina por ejemplo y posteriormente en distintos países europeos. Los portugueses tiraron más hacía París y no son precisamente ellos los que lo están quemando ahora. En todos esos ejemplos había trabajo y un futuro que ofrecer al recién llegado. Los movimientos migratorios del S. XX nunca han tenido como destino aquellos países que no generan empleo, como son los comunistas.

En resumen, que si no nos tomamos en serio, con rigor y solvencia intelectual este grave problema, al naufragio del batiscafo con los millonarios, tendremos que sumar otros muchos de inocentes emigrantes y el nuestro propio como sociedad y ciudadanía.

  • José Antonio García-Albi Gil de Biedma es empresario
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