Complejos de izquierda
Pero sus sucesores sindicalistas hodiernos tienen la suerte de poseer múltiples casas y fincas. Y es que el socialismo se ha hecho fariseo, puras formas vacías de creencias muertas o burladas expuestas con teatralidad por sus pilotos
Siempre he pensado, desde la óptica que podría tener un marxista, que hoy falta misteriosamente un revisionismo enaltecedor de los primeros fundadores del socialismo que protagonizaron la Revolución Francesa. Me refiero a grandes figuras como José María Chalier, el mártir de Lyon, al que se guillotinó por subir los impuestos de los ricos a favor de los pobres; Ange, que antes de Fourier, ya en 1793, dibujaba los primeros trazos del falansterio; Babeuf, Rose Lacombe... El mismo Marat, el político austero y pobre por convicciones éticas, debe volver a ser estudiado fuera de la óptica de sus exitosos enemigos; su hermana, que le sobrevivió muchos años, en 1836 afirmaba con justicia: «Si hubiera vivido mi hermano, jamás habrían resultado muertos ni Danton, ni Camille Desmoulins, y tampoco Robespierre». No hay que olvidar que cuando aquella encantadora joven de Charlotte Corday apuñala a Marat, Marat es el hombre que desde marzo de 1793 está perdonando condenas de muerte. Lo único que conmovió a Charlotte tras el apuñalamiento fueron los gritos y lamentos de Catherine Marat. La mujer le inspiró la idea penosa de «que después de todo Marat era un hombre que era amado». Los cordeleros pidieron que Marat fuese enterrado en el Panteón, pero los jacobinos y La Montaña decidieron que fuera sepultado en los jardines de la Iglesia de Saint-Étienne-du-Mont. Las gentes sencillas, aquellas que ni siquiera habían leído El Amigo del Pueblo, se sintieron enternecidas por su muerte, su abnegación y su absoluta pobreza. La vivienda de Marat recordaba en un triste alojamiento de obrero, y todo ello conllevaba a que los franceses más humildes lo vieran como a uno de los suyos, como a uno verdaderamente auténtico.
La primera batalla contra el sistema capitalista recién creado, y ante el que se enfrentó Chalier, fue Lyon, la cuna del capitalismo más salvaje en Europa. El sector principal de la industria lionesa era el de hilaturas. La insuficiencia de los salarios en esta industria textil, sobre todo para las mujeres, sólo era compensada por el «robo de onzas», pequeño robo habitual en el pesaje de la seda y otras telas, y que era una tarea que se confiaba a las obreras. Ahora bien, el jefe o el ayudante hacían la vista gorda si la obrera se dejaba sodomizar o les hacía una fellatio. Incluso la mujer que no había robado no obtenía trabajo sin estas infames condiciones y criminales abusos. Se decía que en ningún lugar de Francia con factorías había peores costumbres que en Lyon. No es por casualidad que un mediocre escritor francés, padre de la pornografía, en 1790 ambientara sus libros en esta canallesca Sodoma. La prostitución no pública, sino infligida a la familia como condición de trabajo y de supervivencia, confería un carácter deleznable a la vida en Lyon, en donde creció una raza humillada y enclenque de ciudadanos. Aún no se había impuesto a los constructores la elevación de los techos, y se podían amontonar en los inmuebles impunemente hasta diez pisos de miserables cuchitriles en los que vivía un pueblo como ratas. No es una casualidad que allí aparecieran las primeras voces teóricas del socialismo europeo, ya citadas, Ange y Fourier. Chalier, como alta autoridad municipal, quiso hacer una revolución social en esta ciudad y fue guillotinado por realistas disfrazados de girondinos en julio de 1793, contra los deseos de la Convención que quería rescatarlo. Tuvo la mala suerte de que su verdugo era la primera vez que usaba la guillotina. Tres veces cayó la cuchilla sobre su cabeza sin cortarla y fue necesario pedir un cuchillo para separarla del tronco. La muchedumbre quedó sobrecogida de terror y pena.
Los socialistas de hoy no tienen redaños para reivindicar la autenticidad de un Chalier, de un Marat, de un Babeuf, de un Robespierre o de un Saint-Just, porque lo que hacía fuertes a aquellos republicanos era su moralidad, su coherencia absoluta entre lo que creían y cómo vivían. El confortable aburguesamiento de los socialistas europeos explica que no quieran restaurar el prestigio de aquellas figuras infamadas por la derecha durante más de dos siglos con una cordillera de mentiras. Pues su rehabilitación se fundamentaría principalmente en la virtud, la austeridad, el valor cívico y la intransigencia ideológica, y ello quedaría desnudos a sus sucesores que habitan en grandes casas lujosas –aunque no paren de hablar del apartamento madrileño de Ayuso y su novio–, viven en la opulencia, y con dinero público prostituyen mujeres, exactamente igual que los depravados burgueses de Lyon. ¿Cómo van a defender al austero y casto Marat entoñado en dos siglos de mentiras?
Incluso ya también lejanos tiempos aquellos en que el gran líder sindical, Marcelino Camacho, al que conocí en las dependencias del ABC del indesmayable Anson y que vestía los jerséis de punto que le hacía Josefina, vivía con la misma austeridad de un obrero especialista de aquella época tardofranquista, en la que, por cierto, los trabajadores de aquel Madrid podían comprar un pisito de cincuenta metros cuadrados, que era el que tenía Marcelino. Pero sus sucesores sindicalistas hodiernos tienen la suerte de poseer múltiples casas y fincas. Y es que el socialismo se ha hecho fariseo, puras formas vacías de creencias muertas o burladas, expuestas con teatralidad por sus pilotos.
Martín-Miguel Rubio Esteban es escritor