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En primera líneaEmilio Contreras

Lo que mal empieza, mal acaba

Solo ha conseguido aprobar dos Presupuestos y lleva perdidas más de cien votaciones en el Congreso, pero Pedro Sánchez pretende presentar como normal o, incluso bueno, lo que a todas luces es malo para el país

Cuando en noviembre de 2019 Pedro Sánchez llegó a un acuerdo con Podemos, reconoció que su debilidad parlamentaria iba a lastrar a su gobierno en los años que estaban por llegar. «Negociaremos día a día, ley a ley con hechos concretos. Se hace camino al andar», dijo. Fue la crónica de una debilidad anunciada que le ha acompañado desde el momento primero de su llegada a la Moncloa.

El Debate (asistido por IA)

Los hechos la confirmaron. En siete años ha habido tres elecciones, en abril y noviembre de 2019 y en julio de 2023. El gobierno solo ha conseguido aprobar dos Presupuestos y la previsión es que no lo consiga en los dos que quedan de legislatura. En los dos últimos años, el gobierno ha perdido más de un centenar de votaciones en el Congreso, lo que da una idea de su postración e incapacidad para afrontar la solución de los problemas del país. Pero a Pedro Sánchez solo le interesa sobrevivir, y para conseguirlo cuenta únicamente con la respiración asistida y humillante de los separatistas, especialmente la de Junts.

Sus mayores esfuerzos en estos años los ha volcado en ocultar su debilidad, tratando de presentar como normal, incluso como algo bueno para el país, lo que objetivamente es malo, como carecer de Presupuestos y de mayoría parlamentaria que sustente un gobierno que gobierne. Simula ignorar que la semilla de la que nacieron los Parlamentos hace más de mil años fue la exigencia de que los impuestos debían ser aprobados en las Cortes por los representantes de quienes tenían que pagarlos. Ese pilar básico de cualquier sistema democrático no cuenta para el presidente. Incluso ha llegado a considerarlo como secundario.

Pedro Sánchez ha ido aún más allá y el día 12 afirmó que «no es cierto que las mayorías absolutas traigan mayor estabilidad». Es difícil encontrar una manipulación más descarada de la realidad histórica de España y de fuera de ella. Porque uno de los riesgos mayores de los regímenes parlamentarios ha sido y es la fragmentación y proliferación de los grupos políticos que impiden mayorías absolutas con gobiernos estables.

Y en España tenemos ejemplos de sobra. Tras la muerte de Cánovas y Sagasta, el Partido Conservador y el Liberal se fragmentaron en no menos de seis grupos enfrentados entre sí. La consecuencia fue que en el reinado de Alfonso XIII, entre 1902 y 1923, excluyo la Dictadura, hubo 33 gobiernos, de los que sólo cinco consiguieron durar más de un año. Y entre 1931 y 1936, durante la II República, hubo 19 gobiernos en cinco años. La causa era evidente: tras las elecciones de 1933 hubo 32 partidos en el Parlamento y 33 tras las de febrero de 1936. Así era imposible gobernar una nación. Pero por lo que se ve, eso es lo bueno para nuestro país, según el presidente; lo malo son las mayorías absolutas.

Si en algo estuvieron de acuerdo todos los partidos hace 48 años fue en la necesidad de propiciar gobiernos estables apoyados en mayorías parlamentarias. La democracia que entonces daba sus primeros pasos no podía permitirse el lujo de la debilidad, y la ley D’Hont favoreció la existencia de gobiernos estables. El resultado han sido siete presidentes en casi medio siglo.

Si en los últimos años los españoles han decidido con su voto acabar con esa estabilidad, es algo que hay que acatar, pero no celebrar porque, en contra de lo que afirma el presidente, la experiencia histórica nos enseña que las mayorías son buenas porque aportan estabilidad y permiten gobernar.

La estrategia de supervivencia presidencial ha ido aún más lejos. En un país como el nuestro, con un pasado de enfrentamientos y violencia, no ha tenido el menor pudor en remover los odios de nuestro pasado fratricida. Y ha desplegado una estrategia de rencor y recuerdo de una guerra civil de hace casi un siglo para ocultar el fracaso de las políticas sociales del gobierno, con una crisis monumental en el acceso a la vivienda, 12,5 millones de españoles que sólo ganan 1.200 euros al mes y 4,3 millones de personas que viven en exclusión severa, según el informe Foessa del día 5.

Pero la manipulación política e histórica tienen su mármol y su día y, como dijo Ortega, la realidad se venga cuando no se la acepta y reconoce. La realidad que se revuelve contra Pedro Sánchez es que desde el momento primero de su presidencia en junio de 2018 carece de la mayoría parlamentaria suficiente para gobernar. Y esa evidencia ha durado hasta que Puigdemont, que es el maese Pedro que maneja los hilos que le han permitido sobrevivir, decidió el 27 de octubre que eso se acabó.

El fin de fiesta ha ido acompañado por los insultos que el día 12 la portavoz de Junts profirió en el Congreso contra el presidente, al que llamó «cínico» e «hipócrita» y le reiteró que «esta relación se acabó». Dos días después, el diputado de Junts Josep Pagés le conminó a disolver las Cortes y convocar elecciones.

La puesta en escena de supervivencia política que ha durado dos años está llegando a su fin. Aunque Pedro Sánchez intentará aguantar en la Moncloa sin gobernar, como los muertos vivientes.

Lo que mal empieza, mal acaba.

  • Emilio Contreras es periodista