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La grave enfermedad de la curiosidad errática, morbo multiplicado por la bárbara tecnología informativa, denunciada ya en su día –hace más de cien años– de modo sublime por Gustave Flaubert en su Bouvard y Pécuchet, se ha extendido a todo el género humano y ya todos somos unos especialistas de todo sin saber nada; no unos humildes amateurs, ojo, sino especialistas de todos los ámbitos humanos sin ningún título, bien que un título o un diploma nunca son argumentos. A través de las redes se aceptan los rumores más absurdos y estrafalarios como lecciones magistrales de sabios. El amateur necio se convierte en autoridad científica. Ya no es que haya grupos de amigos aficionados por la ciencia agrícola, la medicina, la química, la astronomía, la geología, el arte, la gimnasia, la religión, la arqueología, la antropología, la estética, la filosofía, la porcelana, la mayólica, la poliorcética, la historia, o la política, entre otras mil cosas con las que se apasionaba la simpática pareja Bouvard-Pécuchet, sino que gracias a las distintas plataformas digitales hay ya miles de indocumentados que pontifican y venden su doctrina, ciencia o cosa, a los visitantes ociosos que recorren los miles de quioscos/perípteros de tales plataformas, anhelosos de saciar su insaciable morbo con tales gilipolleces que se diría que la tecnología nos ha devuelto a la Edad Media y a otras épocas de superstición, en donde la Tierra es plana y la Antártida una base de alienígenas.

El Debate (asistido por IA)

Tanta tecnología informativa para llegar aquí. Y cuanta más basura se traga, más basura te pide el cuerpo. Diríase que al verdadero rebaño humano, niño eterno, lo que le mueve no es la ciencia, sensu stricto, sino la más rara espectacularidad. Ya lo decía el pobre Calgacus de Tácito: «Omne ignotum pro magnifico est».

La gula mental de la ingestión de basura variada y contradictoria, sustituyendo a la verdadera sabiduría y a la ciencia en sí, acaba por hacer repugnantes y extravagantes a ambas, y a apagar aquella sana curiosidad sobre el mundo con la que nacimos. Lejos de instruirnos e informarnos sobre el mundo, esta barahúnda de quioscos de medio pelo nos llenan de incertidumbre y de escepticismo, hasta el punto de perder la confianza por toda ilustración. Beathtaking, outstanding, shocking, stunning news. Una noche continua de Reyes Magos. Umberto Eco retomaría el tema de la hiperinformación caótica en su famosa novela El péndulo de Foucault, en donde el exceso de información produce un cáncer social que metastiza en cáncer físico de alguno de sus protagonistas, convirtiéndose la metátesis fonética, propia del ininteligible código trabucante de la información anárquica, en metástasis oncológica. Por el solo hecho de la infinitud de canales de información individuales, los gérmenes de la necedad se desarrollan con efectos incalculables.

Desengañados de aquella ciencia de quiosco, Bouvard y Pécuchet, asentando sus pies en la tierra, ponen ahora los cinco sentidos para conquistar a sus amores, pero he ahí que el amor también puede acabar en un desengaño, como así fue. No había nada firme sobre la tierra de lo que confiar. Tampoco el amor humano, que se ve siempre vencido por el mediocre e interesado realismo de la vida. «El infierno bajo unas enaguas, el paraíso en un beso; arrullos de tórtola, ondulaciones de serpiente, uñas de gato, perfidia del mar, inconstancia de la luna».

Tampoco podemos olvidar que tanto Bouvard como Pécuchet eran dos copistas, con buena caligrafía y mucha sandáraca, uno en una casa de comercio, y otro en el Ministerio de Marina. Y los puros copistas, acostumbrados a no utilizar jamás ni su inteligencia propia ni su imaginación particular, a lo más que pueden llegar es a ser buenos plagiadores en el mundo de la creación literaria, artística o científica –la Ciencia siempre ha requerido una tremenda capacidad creadora–, como esos que se atreven a escribir artículos e incluso libros premiados con ChatGPT. Los hombres convertidos en viles plagiadores de las señoras máquinas. Qué maravilla eso del progreso de la tecnología. Finalmente, llama la atención que Flaubert contextualice su magnífica novela en la época del golpe de Estado de Luis Bonaparte, del mismo troquel que Sánchez, el de Krapülinski, en donde los burgueses eran feroces, los sacerdotes serviles y respecto al pueblo este siempre aceptará a todos los tiranos mientras lo dejen seguir comiendo (las ollas de Egipto). Y sería muy interesante subrayar lo cerca que estaba Gustave Flaubert en la interpretación social de este golpe de Estado, con diputados encarcelados y fusilamientos en los bulevares, de la visión que tiene el propio Carlos Marx en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. «Los franceses no sólo obtuvieron como plagio la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura». Todavía en aquella época se plagiaba a seres vivos con gran espíritu, y no a las máquinas.

  • Martín-Miguel Rubio Esteban es escritor