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Fraga y las guerritas a los muertos

Cuando Fraga murió, Santiago Carrillo resaltó públicamente «su valentía». Presentó una conferencia suya en 1978; aquella decisión, comprometida, tuvo gran repercusión. Peces Barba, que lo conocía bien, consideró a Fraga «un hombre de Estado»

Bieito Rubido recordó un día en El Debate la reacción de Carlos V cuando, tras la toma de Wittenberg, le propusieron profanar la tumba de Lutero, su más peligroso adversario; era ideología, no milicia. El emperador reaccionó: «Dejadlo reposar que ya encontró su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos». Como todo gran hombre, Carlos V unía la magnanimidad a la victoria. En nuestro tiempo, abundante en enanos políticos, la cobardía sustituye a la magnanimidad. Asistimos a un masivo protagonismo de personajes menores que intentan ganar guerritas artificiales.

El Debate (asistido por IA)

Vencer a los muertos es fácil; vencer a los vivos supone graves complicaciones. Aquéllos que tienen puesta la vista y la rabia en el pasado, sueñan con ganar sus guerritas a los muertos. Quienes perdieron, pero no olvidan, una guerra superada por la razón y el tiempo, a los noventa años de aquella confrontación continúan movilizados desde el odio, al amparo de leyes de la memoria que defienden una visión sesgada e históricamente falsa, suplantando a los amantes y estudiosos de la Historia como fue, no como la inventan.

Cuando retiraron una estatua ecuestre de Franco en Madrid, Felipe González, hoy proscrito por los suyos, recordó que al dictador había que haberle bajado del caballo en vida. A esa arriesgada convocatoria no se apuntaron muchos de los antifranquistas sobrevenidos en momentos más cómodos. Ahora se ha producido un ataque al busto de Fraga en Vilalba, su ciudad natal, reivindicado por una organización juvenil comunista y proetarra, que motivó su ataque en los sucesos violentos de Vitoria el 3 de marzo de 1976, hace cincuenta años, con el resultado de cinco muertos y un centenar de heridos. La Policía disparó contra trabajadores en huelga.

Los autores del ataque al busto del político, apuntaron: «el ministro franquista Fraga Iribarne fue uno de los principales responsables del asesinato de los cinco trabajadores». A estos chicos les faltan lecturas, opinan sin informarse. Fraga estaba de viaje oficial en Alemania, y le sustituía en sus funciones como ministro de la Gobernación Adolfo Suárez, que dirigía, como ministro, la Secretaría General del Movimiento. Fraga, que regresó inmediatamente a España, nada tuvo que ver con las órdenes recibidas por la Policía. Ocurrió una circunstancia similar en los enfrentamientos de Montejurra el 9 de mayo de 1976, también achacados a Fraga, que estaba de viaje oficial en Venezuela, y otro ministro, también Adolfo Suárez, asumía la cartera de Gobernación. Ya vemos cómo la Historia, con mayúscula, se convierte a veces en chascarrillo para consumo de desinformados.

Fraga, a catorce años de su muerte, vuelve a ser víctima de la ignorancia. Ahora diez partidos de izquierda y nacionalistas presentan en el Senado una solicitud para que se retire de la Cámara Alta el busto de Fraga, uno de los padres de la Constitución, vicepresidente del Gobierno, presidente de la Xunta de Galicia y senador. También, como los enmascarados de Vilalba, se amparan en sucesos que tergiversan. Recuerdan que la ley de Memoria Democrática «reconoce y garantiza, a través del conocimiento de la verdad, el establecimiento de un deber de memoria de los poderes públicos», y concluyen que el Senado «no puede normalizar símbolos de impunidad ni proyectar reconocimiento público sobre responsables políticos vinculados a la represión». Un disparate.

Cuando el escrito al Senado alude al «conocimiento de la verdad» no se refiere a la verdad de los historiadores sino a la verdad dictada por los políticos, una «verdad» ideológica, sesgada. Los firmantes de la petición al Senado caen en el mismo error, o la misma conocida falsedad, respecto a los sucesos de Vitoria. Desconocen u ocultan que a Fraga no se debe orden alguna del ataque policial; como queda dicho, estaba en Alemania. Pero en la España de Sánchez la verdad se oculta o, directamente, se miente. En mentir, nuestro presidente es un virtuoso. Para EH Bildu, mantener un homenaje institucional a Fraga es «totalmente incompatible» con el deber de memoria de los poderes públicos. Pero homenajear a terroristas con delitos de sangre es para ellos de lo más habitual y correcto.

Se mantienen en calles y sedes parlamentarias bustos y estatuas de personajes que ni gustan ni representan a la mayoría de los españoles. Citaré tres, y casualmente socialistas: Pablo Iglesias (el importante, no el otro), Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero. El primero señaló a Antonio Maura como objetivo de un atentado que se produjo; los otros dos participaron en el golpe de Asturias en 1934, con el resultado de más de mil muertos. Para ellos no hay memoria histórica que valga. Además, al Lenin español Sánchez le considera su modelo. El 21 de mayo de 2021, aseguró: «Como Largo Caballero, actuaremos respondiendo ante la adversidad con más democracia». Menuda burla apelar a la «democracia» estalinista de aquel personaje.

Cuando Fraga murió, Santiago Carrillo resaltó públicamente «su valentía». Presentó una conferencia suya en 1978; aquella decisión, comprometida, tuvo gran repercusión. Peces Barba, que lo conocía bien, consideró a Fraga «un hombre de Estado». Comenzó su vida política en el franquismo para encauzar luego un amplio centro-derecha que en España alejó una derecha dura. La división posterior del centro y la derecha, ya muerto Fraga, nació de errores que con él no se hubiesen producido. Y ahora, utilizando su nombre, mintiendo, unos mindundis, unos enanos políticos, buscan ganar otra cobarde guerrita a los muertos.

  • Juan Van-Halen es escritor es académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando