«Musulmán el que no bote»
Aunque nos acusan de racistas e islamófobos, nunca huyen de sus países hacia otros de mayoría musulmana, si no siempre hacia Occidente, donde también están insatisfechos.
Existe un hartazgo y un clamor popular entre la población española y europea que la línea oficial de pensamiento único, financiada por potencias arabo-musulmanas, no logra erradicar a pesar del engaño, la ocultación, de nuestra persecución e intimidación.
La mayor comunidad musulmana extranjera en España son los marroquíes, que suponen menos de un 2 por ciento. Sin embargo, representan el 7,6 por ciento de las autorías por delitos sexuales, habiendo estado siempre a la cabeza desde que en 2017 existen informes oficiales al respecto. También suponen el 10 por ciento del total de la población carcelaria española, y un tercio de los extranjeros en nuestras prisiones. En Cataluña, los jóvenes magrebíes suponen alrededor del 75-80 por ciento en sus centros de internamiento. En el resto de países europeos, la sobre-representación de musulmanes en sus cárceles es una constante que detallo en mi libro Hacia una Europa Islamizada.
En sólo ocho años, desde 2017 a 2025, las violaciones en nuestro país han aumentado un 375 por ciento. En Cataluña ese incremento es aún mayor: 455 violaciones en 2016 y 1.794 en 2025. Tres de cada cuatro violaciones en nuestro país ocurren en aquella C.A. El 91 por ciento de los presos por agresiones con penetración en Cataluña son extranjeros. Datos recientes de la Policía Foral de Navarra atribuyen a extranjeros el 81 por ciento de los robos con violencia desde enero a septiembre de 2025, de los que aproximadamente tres cuartas partes fueron cometidos por marroquíes y argelinos. Ya referí aquí cifras similares de la Ertzaintza para autores de esa misma procedencia geográfica tanto por lo que se refiere a robos con violencia como a delitos sexuales.
La tasa de afiliados marroquíes a la Seguridad Social en junio de 2024 era de aproximadamente un 40 por ciento, la más baja entre: venezolanos (74 por ciento), peruanos y argentinos (66 por ciento), ucranianos (63 por ciento), ecuatorianos (61 por ciento), colombianos (60 por ciento), chinos (53 por ciento) y hondureños (48 por ciento). El medio Atalayar, participado por la embajada de Marruecos en España, lo calculaba en marzo de 2025 incluso en un 22 por ciento. Su nivel educativo es especialmente deficiente, lo que condiciona de modo decisivo su integración laboral y ocupaciones: las que más bajo cotizan. El abandono escolar entre los niños marroquíes en España es del 26 por ciento, aún peor en los varones: 37 por ciento.
La población marroquí en España supera 1.100.000 habitantes sin contar a los nacionales y nacionalizados. Las mujeres marroquíes en España son las más fecundas: un 31 por ciento de los nacidos de padre y madre inmigrantes, lo son de padres marroquíes. En 30 años el número de musulmanes se ha multiplicado por diez: de 200.000 en los 90 a más de 2,5 millones hoy, un 5 por ciento de nuestra población.
A esa comunidad de fieles se le atribuyen matrimonios forzosos de menores, ablación de niñas, asesinatos por honor, homofobia, antisemitismo, comida halal con nuestros impuestos en comedores públicos, relegación de la mujer en las herencias, el matrimonio y la sociedad, más de 2.000 mezquitas en nuestro país, algunas salafistas, rezos masivos y sacrificios de animales vivos en el espacio público. Aunque nos acusan de racistas e islamófobos, nunca huyen de sus países hacia otros de mayoría musulmana, sino siempre hacia Occidente, donde también están insatisfechos.
El 60 por ciento de las guerras en el mundo lo son en países musulmanes. Así lo afirmó Ibrahim Kalin, portavoz presidencial turco, en un seminario de la Organización para la Cooperación Islámica en febrero de 2019. Yo aún pienso que los conflictos que implican hoy a musulmanes suponen un porcentaje mayor: Gaza, Siria y el constante polvorín en Oriente Medio; África y el Sahel: Nigeria, Congo, Sudán, Sudán del Sur, Yemen, Mali, Somalia; Afganistán, Cachemira, …
El terrorismo internacional está prácticamente monopolizado por grupos yihadistas: Estado Islámico, Al Qaeda, Hezbollah, Boko Haram, Al Shabaab, Hamas, hutíes, Al Nusra. la Jihad Islámica, talibanes, Jemaah Islamiyah, Abu Sayyaf, brigadas Al Ashtar… Tras cada atentado en Occidente, siempre nos aseguran que el islam es una religión de paz. Pero en países y regiones como Líbano, Egipto, Nigeria, Congo, Nagorno Karabaj… los cristianos y otras minorías son y han sido perseguidos y masacrados por musulmanes hasta casi hacer desaparecer su población originaria. En 2025, según la ONG Puertas Abiertas, 4.849 cristianos fueron asesinados por serlo, 4.712 fueron detenidos, y 3.632 templos y propiedades cristianas fueron atacadas. Entre los principales países donde esto ocurre están Somalia, Yemen, Sudán, Eritrea, Siria, Nigeria, Pakistán, Libia o Irán. Los motivos para su persecución: el nacionalismo religioso, la hostilidad etnorreligiosa y la opresión islámica. Pero tenemos que oír que nosotros somos islamófobos por atrevernos a denunciar su delincuencia, violaciones, insolidaridad laboral y abuso de ayudas en nuestros países. Y su imposición con la excusa de la libertad religiosa que ellos repudian para otros credos y minorías. Su violento antisemitismo -vil y astutamente difundido por el mundo a costa de las muertes de sus compatriotas en la enésima guerra que comenzaron y perdieron contra Israel- parece ignorarse deliberadamente. Pero nos siguen haciendo creer que somos islamófobos: nuestra libertad religiosa y de expresión solo vale para ellos en nuestros países occidentales libres.
En el mundo son más de 1.800 millones de fieles, y entre un 15 y un 20 por ciento de ellos son fundamentalistas radicales, listos para la defensa de su fe frente al infiel y en favor de la sharía en un califato mundial. Eso supone unos 300 millones de musulmanes extremistas que apoyan, comprenden o justifican esas acciones armadas, aunque ellos mismos no empuñasen las armas. En Europa ese porcentaje es aún mayor: particularmente entre los jóvenes musulmanes con crisis de identidad, cuyo rango de radicalización estaría entre el 25 por ciento y hasta el 50 por ciento en algunos casos.
Recientemente, el analista francés de ascendencia comora, Ferghane Azihari, ha publicado su libro El islam contra la modernidad. Según datos del propio Banco Islámico de Desarrollo en Abu Dhabi, dice que el mundo musulmán es responsable de sólo el 0’1 por ciento de los descubrimientos científicos originales. Puesto que los musulmanes representan un cuarto de la población mundial, su peso en el desarrollo humano es casi nulo respecto de lo que debiera corresponderles por su demografía. También añade que los propios musulmanes lamentaban la decadencia del mundo islámico hace ya tres siglos, mucho antes del período colonial occidental. Tras este, su respuesta fue que no habían sido suficientemente buenos musulmanes, así que su reacción fue una vuelta a sus orígenes religiosos. Esto, sin preguntarse por qué otros países que jamás han sido islámicos están mucho más desarrollados que ellos. En un sentido similar, yo escribía hace poco que con casi 2.000 millones de musulmanes en el mundo sólo ha habido un puñado de premios Nobel musulmanes, principalmente en literatura y por la paz; y quizás 4 o 5 en ciencias, estos siempre fuera de sus países. Sin embargo, 15 millones de judíos acaparan el 20 por ciento de esos galardones. Sólo un 3 por ciento de los musulmanes en el mundo viven en regímenes libres.
Nada es por casualidad ni por error: desde París a Birmingham, desde Barcelona a Molenbeek, desde Amsterdam a Lyon, desde Malmö a Brighton, desde Marsella a… no puede ser que todos nuestros políticos nacionales y europeos yerren en su gestión migratoria. Algo muy poderoso hay detrás de todo ello. Potencias como Arabia Saudí y Qatar, y organizaciones islamistas, pretenden nuestra paulatina destrucción para implantarse en un Occidente inerme y ya ocupado. Inyectan cuantiosas sumas de dinero en universidades, asociaciones, instituciones, partidos políticos, ONGs… para crear un estado de opinión pro-musulmán gracias al antirracismo, pero al mismo tiempo antisemita. Nuestros políticos colaboracionistas deben ser juzgados por favorecer la inmigración ilegal (artículo 318 bis del C.P.), por prevaricación, y fraude de ley.
- Alejandro Espinosa Solana es autor del libro Hacia un Europa Islamizada (SND Editores)