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Íñigo Castellano y Barón

Amar en tiempo de ruido

Cuando el entorno favorece lo provisional, lo inmediato y lo sustituible, también el vínculo afectivo se resiente. Y sin un anclaje más profundo, tiende a diluirse

En España no hay guerra. No hay trincheras ni ciudades devastadas. Pero existe una forma de tensión constante, menos visible y más difícil de nombrar, que atraviesa la vida cotidiana y condiciona la manera en que los jóvenes se relacionan. Es una inquietud persistente, económica, cultural y emocional, que no estalla, pero tampoco cesa. En ese clima, el amor —que durante siglos fue refugio, promesa o proyecto— se ha vuelto más incierto, más frágil, más difícil de sostener.

La tesis es sencilla, aunque incómoda: en una sociedad líquida, incluso los sentimientos encuentran dificultades para consolidarse, salvo cuando se sostienen sobre principios éticos y morales firmes. No se trata de una afirmación moralizante, sino de una constatación. Cuando el entorno favorece lo provisional, lo inmediato y lo sustituible, también el vínculo afectivo se resiente. Y sin un anclaje más profundo, tiende a diluirse.

El Debate (asistido por IA)

La juventud española no ha renunciado al amor. Lo busca, lo necesita, lo idealiza incluso. Pero lo hace en un terreno que no facilita su permanencia. Nunca ha sido tan fácil conocerse, iniciar una relación, compartir experiencias. Y sin embargo, nunca ha sido tan difícil sostenerlas en el tiempo. La abundancia de opciones lejos de generar seguridad, introduce una forma de inestabilidad constante. Cada elección parece provisional, cada vínculo compite con la posibilidad de otro mejor.

Las herramientas tecnológicas han contribuido a este cambio de lógica. Han ampliado las oportunidades pero también han transformado la forma de relacionarse. La elección permanente, la comparación continua, la sensación de que siempre hay una alternativa disponible, dificultan el compromiso. Éste deja de percibirse como una construcción para convertirse en ocasiones en una limitación. Cuando el compromiso se interpreta como pérdida, el vínculo pierde profundidad.

A ello se añade un factor decisivo: la ausencia de horizonte. Amar implica proyectarse, imaginar un futuro compartido, asumir una cierta continuidad. Pero una parte significativa de la juventud vive en condiciones que dificultan ese ejercicio. La precariedad laboral, el acceso restringido a la vivienda, la emancipación tardía, introducen una incertidumbre estructural que afecta directamente a la posibilidad de construir algo duradero. No es que falte voluntad; es que faltan condiciones. En este contexto, el llamado miedo al compromiso no puede entenderse como simple frivolidad generacional. Es en buena medida una respuesta adaptativa. Quien no puede asegurar su propia estabilidad difícilmente puede prometer la de otro. Quien vive en la incertidumbre aprende a protegerse. Y esa protección se traduce en vínculos más flexibles, menos definidos, más reversibles. No porque no se aspire a algo más profundo, sino porque sostenerlo exige un riesgo que no siempre se puede asumir.

Al mismo tiempo la hiperconexión ha generado una ilusión que conviene matizar. Nunca se ha hablado tanto, nunca se han intercambiado tantos mensajes. Pero la comunicación constante no equivale a vínculo. Se puede estar en contacto sin estar realmente presente. Se puede compartir sin implicarse. Y esa distancia a menudo imperceptible, es una de las formas contemporáneas de la soledad. Porque la soledad lejos de desaparecer, adopta nuevas formas. No es ya la ausencia de compañía, sino la falta de profundidad en las relaciones. La dificultad para sentirse verdaderamente comprendido, elegido, sostenido. El amor sigue siendo en ese sentido, una respuesta a una necesidad esencial. Pero cada vez le resulta más difícil consolidarse como un espacio estable frente al ruido exterior.

Es aquí donde la tesis adquiere su pleno sentido. En un entorno que favorece lo efímero, el amor no puede sostenerse únicamente como emoción. Necesita estructura, voluntad, principio. Como advirtió el polaco y sociólogo contemporáneo, Zygmunt Bauman, al describir la modernidad líquida, afirmó que las relaciones contemporáneas tienden a evitar todo aquello que implique duración, precisamente porque la duración introduce exigencias. Pero sin esa exigencia, el vínculo se vacía. De forma más clásica, José Ortega y Gasset recordaba que «amar es decidirse por alguien». La expresión, lejos de cualquier romanticismo superficial, encierra una idea esencial: el amor no es solo sentimiento, sino elección sostenida. Y esa elección para mantenerse, necesita un fundamento que no dependa exclusivamente de la intensidad del momento.

Por eso, en una sociedad líquida, el amor solo perdura cuando deja de ser impulso y se convierte en convicción. Cuando encuentra apoyo en principios éticos y morales que le dan forma, continuidad y sentido. No se trata de imponer modelos del pasado ni de negar los cambios de nuestro tiempo. Se trata de reconocer que sin una cierta solidez interior, ningún vínculo puede resistir un entorno que empuja constantemente hacia la disolución. España, en este sentido vive una tensión particular. Es un país de fuerte tradición relacional, de vida compartida, de vínculos intensos. Pero también es un país donde las condiciones materiales han cambiado con rapidez, generando una distancia entre lo que se desea y lo que se puede sostener. Se sigue aspirando al amor como proyecto pero cada vez resulta más difícil convertirlo en realidad.

El amor no ha desaparecido. Sigue siendo una aspiración central. Pero ha dejado de ser un refugio garantizado para convertirse en una construcción exigente. Y quizá ahí resida su valor más profundo en nuestro tiempo: en un mundo que favorece lo inmediato y lo sustituible, amar —de verdad— es, cada vez más, una forma de permanencia.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara