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En primera líneaPedro Fuentes

El silencio antes del estruendo

La paradoja de la modernidad es que el mismo conocimiento científico que permite avances extraordinarios en medicina, comunicación o energía también ha hecho posible la creación de armas de destrucción masiva

A lo largo de la historia, la guerra ha acompañado al ser humano como una sombra persistente. Sin embargo, cada vez que surge un nuevo conflicto a gran escala, las sociedades experimentan una sensación de sorpresa y desconcierto. En el siglo XXI, una época marcada por el progreso tecnológico, la globalización y la interconexión entre países, la posibilidad de una nueva guerra mundial parece al mismo tiempo improbable y alarmantemente posible.

El Debate (Asistido por IA)

El conflicto con Irán se ha convertido en uno de los focos más delicados de la geopolítica contemporánea y ha reavivado el temor a una escalada que podría implicar a múltiples potencias.

Más allá de los análisis militares o estratégicos, este escenario plantea una cuestión profundamente humana: ¿por qué el hombre sigue sorprendiéndose ante la guerra cuando su historia está llena de ellas?

La extrañeza ante la posibilidad de un nuevo conflicto global revela una tensión entre el ideal de progreso moral de la humanidad y la persistencia de la violencia como herramienta política.

Este fenómeno muestra una forma particular de extrañeza humana: la dificultad para aceptar que el progreso material y científico no necesariamente implica un progreso moral equivalente.

El filósofo alemán Immanuel Kant ya reflexionó sobre este problema en su ensayo Sobre la paz perpetua. Kant sostenía que la humanidad debía aspirar a un orden internacional basado en leyes y cooperación entre estados.

Sin embargo, también advertía que los intereses políticos y el deseo de poder podían impedir la realización de ese ideal. Como escribió: «La paz perpetua no es un estado natural; debe ser establecida».

Esta afirmación resulta especialmente relevante en el contexto actual. La paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino el resultado de decisiones políticas, diplomáticas y morales. Cuando esas decisiones fallan, la violencia vuelve a aparecer como una posibilidad real.

La paradoja de la modernidad es que el mismo conocimiento científico que permite avances extraordinarios en medicina, comunicación o energía también ha hecho posible la creación de armas de destrucción masiva. Así, la humanidad se encuentra en una situación inédita: posee el poder de transformar el mundo para mejor, pero también la capacidad de destruirlo.

La historia ha demostrado que la guerra siempre comienza con decisiones humanas. Por esa misma razón, la posibilidad de evitarla también depende de ellas. Pero esas decisiones son prisioneras de la soberbia.

La soberbia se enfrenta con la libertad, la finitud y la responsabilidad de construir sentido: el individuo experimenta una incertidumbre profunda.

La soberbia surge entonces como una ilusión de autosuficiencia: el sujeto se coloca por encima de los otros y de sus propias limitaciones para evitar el vértigo de reconocer su vulnerabilidad. Al afirmarse como dueño absoluto de la verdad, intenta escapar del diálogo auténtico, que implicaría exponerse, dudar y transformarse.

Estos sujetos deberían abandonar por el bien de la sociedad.

La soberbia aísla, rompe la posibilidad de encuentro genuino y empobrece la experiencia existencial. En lugar de abrirse a la coexistencia, el individuo soberbio reduce el mundo a la confirmación de sí mismo. Pensemos en asumir la fragilidad como punto de partida: reconocer que el ser humano se construye en relación con los otros y que el sentido no se impone, sino que se descubre en la apertura, la responsabilidad y la autenticidad.

¿Seremos capaces de entender cuál es el sentido de nuestras vidas?

Solo nos queda el silencio ante el estruendo y, en ese silencio... Dios.

  • Pedro Fuentes es humanista