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Pasen y leanGonzalo Cabello de los Cobos

Manguitos para sus señorías, trabajo para usted

El diputado español no debe su escaño al votante de su distrito, como sucede, por ejemplo, en Inglaterra, sino al aparato que confeccionó la lista. Por mucho que le hayan contado lo contrario, su jefe no es usted: es quien decide si un diputado repite en el puesto o no

Imaginen que mañana, en su trabajo, les convoca a una reunión su jefe y les comunica que a partir de ahora cobrarán 3.366,99 euros al mes de sueldo base, más una indemnización mensual, exenta de tributación, de entre 1.032 y 2.163 euros según de dónde vengan. Eso haría un total de entre 4.400 y 5.530 euros al mes, sin contar complementos. Ah, y una cosa más: julio y agosto, completos, para ustedes. Sin actividad ordinaria, que hace mucho calor y, ¡qué demonios!, se está mucho mejor en la pisci.

El Debate (Asistido por IA)

Después de esa reunión, en la que usted ya tiene la mandíbula por el suelo, su jefe además le da una palmadita en la espalda y le dice: «descanse, Manolo, que se lo ha ganado».

Seguro que lo primero que harían sería buscar el muñeco de la inocentada en su espalda. Pensarían que semejante oferta no existe en el mercado laboral español, donde media España no llega a fin de mes y las vacaciones se negocian con la calculadora en la mano y el sudor en la frente.

Pues existe. Solo tiene un requisito de acceso: figurar en el lugar adecuado de una lista electoral. En España, a ese contrato se le llama escaño.

Seamos rigurosos. La Constitución establece dos periodos ordinarios de sesiones: de septiembre a diciembre y de febrero a junio. Si el lector ha hecho la cuenta, habrá advertido que ahí no faltan dos meses, sino tres: enero también es inhábil.

El Congreso se despide en junio, se pone el traje de baño y regresa descansado en septiembre. Es de suponer que algunos diputados necesitarán manguitos para no ahogarse en las azarosas aguas del océano, pero esa es otra historia. Después, sus señorías trabajan hasta Navidad y se toman enero libre para reponerse del atracón de turrones. Un calendario que cualquier trabajador firmaría con sangre, ¿no les parece?

Me dirán, y seguro que tendrán razón, que «sin actividad ordinaria» no significa «sin actividad». Que queda la Diputación Permanente, ese sostén de la democracia que vela por los intereses de los españoles sin descanso. Que hay trabajo de comisiones, gestiones, etc. Venga, vale. Pero estarán de acuerdo conmigo en que hay una distancia considerable entre «velar por los intereses de los españoles» y madrugar. El ciudadano que en agosto hace cola en un aeropuerto para disfrutar de sus quince días reglamentarios intuye que su trabajo y el de sus señorías no pertenecen a la misma categoría de esfuerzo.

Cuando pienso en estas cosillas siempre me acuerdo de los suplentes del Real Madrid. En este país creo que no hay dos mejores trabajos que estar en el banquillo del Madrid o ser un diputado raso. Quizás me quede con suplente del Madrid, por aquello de que al menos te entretienes viendo fútbol y no escuchando los cambios de opinión de Pedro Sánchez. Pero bueno, para gustos… ya saben.

Pero, en realidad, yo creo que la pregunta no es solo si los diputados trabajan mucho o poco, los habrá de todo pelaje, sino ante quién responden. Esa es la clave.

El diputado español no debe su escaño al votante de su distrito, como sucede, por ejemplo, en Inglaterra, sino al aparato que confeccionó la lista. Por mucho que le hayan contado lo contrario, su jefe no es usted: es quien decide si un diputado repite en el puesto o no.

Con ese sistema de incentivos comprenderán que el calendario laboral es lo de menos. El diputado puede permitirse tres meses inhábiles porque su único trabajo verdaderamente inaplazable es la obediencia al partido. Y pulsar un botón. Debe de ser agotador…

Antonio García-Trevijano, que dedicó su vida a explicar estos asuntos a un país que prefería no escucharlo, lo llamó por su nombre: oligarquía de partidos. Sostenía que en España no hay democracia, porque no hay separación de poderes ni representación real, sino un reparto del Estado entre facciones que se turnan en su disfrute. Se le tachó de muchas cosas feas, pero lo cierto es que, si uno repasa todo lo que está sucediendo últimamente, le cuesta encontrar algún error en su diagnóstico. Seamos claros: esto no es una democracia representativa, es una nómina bien defendida.

Y aquí solo caben tres hipótesis. O somos tontos, y por eso llevamos décadas financiando este régimen de disfrute sin exigir cuentas. O nos toman por tontos, y por eso nadie se molesta ya ni en disimular. O, me temo que es lo más probable, todo a la vez.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista